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Millenials: La promesa demográfica

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Dos

La promesa demográfica

Las generaciones pasadas pensaban que los millenials iban a hacer frente a restos mayores del planeta como el cambio climático gracias a las herramientas que supuestamente tenían a la mano. Pero algo salió mal en el camino.

*Este texto es la segunda parte de un texto de tres. Para ir a la primera entrega, haga clic aquí. Read More

¿Millenials, milenailes, generación del milenio o generación Y? ¿Cómo se escribe correctamente?

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¿Son los millenials tan maléficos como lo cuenta tu noticiero local? Prepárate porque faltan algunos datos de importancia acerca de la catástrofe económica que tienene encima.

Uno

Celébralo, millenial

Es prácticamente una deshonra ser llamado millenial (el término más usado). Una generación a la que se mira con sospecha. Una generación comúnmente mirada como un grupo de vagos con demasiadas aspiraciones.
Tener en la hoja de vida que uno nació en 1989, por ejemplo, es de inmediato ser objeto de sospecha laboral: «Seguramente se la pasará quejándose». Y qué decir de la gente que (pobres) nacieron en el 1991, por ejemplo. Es en la teoría y en la práctica totalmente popular escribir artículos y twittear acerca de cómo los millenials son niños consentidos que se quejan demasiado de cualquier tipo de trabajo que les pongan a hacer.

De hecho, un fenómeno particular que he observado —y que no podría comprobar de manera estadística de ninguna forma— es el de ciertos hombres (casi siempre son hombres) nacidos en una primera etapa del mileniarismo (¿?), es decir, en la primera década de 1980, y que niega por completo ese mileniarismo. Niegan ser parte de la generación del milenio. En general, argumentan con experiencias personales: «Yo sí recibí chancletazos», «Yo sí tuve que usar disquetes para los trabajos del colegio y la universidad», «Yo sí eché parque». A partir de estas experiencias, se plantean como una generación más ruda y sufrida que las personas nacidas luego. Este yosismo radical es totalmente inútil a la hora de describir un fenómeno generacional o cultural, precisamente porque se habla de y desde experiencias particulares, no de fenómenos que han tocado a una gran masa poblacional.

En el caso de los expertos que hablan y escriben sobre los millenials, también se suele hablar a partir de frases algo vacías, que poco o nada tienen que ver con estudios reales, como esta del escritor Simon Sinek para la revista Semana:

Fueron chicos a los que les dijeron todo el tiempo que eran muy especiales; que podrían lograr todo solo por quererlo; que recibieron galardones, no porque los merecían, sino porque sus papás se quejaron; que recibieron mejores notas porque sus papás se peleaban con los profesores… y cuando llegaron al trabajo se chocaron con la realidad.

En esta frase no se le deben razones al lector. Solo se propone un esquema que coincide (en este caso me parece prudente usar la palabra) con el sentir populista. Es decir, como todos creemos y twitteamos que todos los millenials del mundo son vagos, consentidos, ¿por qué no decirlo? ¿Qué podría salir mal? En este caso, se acusa a más de la mitad de la población global de usar la corrupción global a su favor. Interesante, no se ven números, no se ven estadísticas y, más importante aún, no hay un análisis real.

Este tipo de reflexiones, que son heterogéneos y que en general parecen más impresiones subjetivas que meditaciones inteligentes sobre nuestro mundo, me motivaron a escribir este artículo. (De paso, tengo que decir que soy millenial, no con pesar ni tan poco a mucho honor, solo lo soy [en palabras plagiadas y manoseadas a Borges, «Ser millenial es una fatalidad»], pero tengo que decirlo para que se entienda el contexto en el que estoy, que no pretendo hablar como un periodista objetivo en las siguientes líneas). Este artículo quiere mostrar algunos datos y problematizarlos a la hora de hablar de la generación del milenio. Es decir, demostrar que más allá del yoisismo radical y de las impresiones subjetivas sin base, sí hay un cambio generacional importante que se da a partir de la década de 1990, y que afecta a un grupo poblacional importante. Por otro lado, no sería tampoco muy difícil identificar este cambio: crecimiento demográfico, crecimiento económico (relativo), y acceso a Internet. Empecemos por este último, que a menudo se ve como el más importante.

La rueda y la caminata

Sería muy fácil para mí desprestigiar a la generación que viene después de la mía (ya creo que además son dos generaciones las que vienen, la generación Z y la generación T). De hecho, este sería un movimiento lógico: «Hay otros que son más perezosos que yo». Se usa la imagen de todo un ejército de muchachos pegados al celular usando Instagram para hablar de manera general sobre los hábitos de consumo de un grupo poblacional.

De hecho, los millenials yoisistas radicales de la primera ola (sí, habrá una segunda cuando comencemos a hablar mal de la generación Z) ya esgrimen el argumento tecnológico para hablar mal del millenial ideal, platónico, que tienen en mente, uno perezoso, quejoso y suicida (en el año 2015, Medicina Legal reveló que la población más vulnerable al suicidio está entre los 20 y los 29 años, un dato sobre el cual volveremos luego).

El celular inteligente es la clave para los críticos, y el artículo de Semana también habla con preocupación aparente de los dispositivos móviles:

Algo que caracteriza a esta generación es que todas sus relaciones están mediadas por dispositivos móviles y muchos de ellos se han vuelto totalmente dependientes de sus celulares o sus computadores, por razones que no tienen que ver solo con lo laboral, sino con su bienestar psicológico.

Por supuesto, parece ingenuo desprestigiar a una generación por el uso que hace de una tecnología en boga. Este desprestigio no es un fenómeno nuevo, pero sí parece serlo en la mente de quienes hablan en clave crítica acerca de los millenials. Sería ingenuo pensar que la llegada de la televisión a color no fue un fenómeno sospechoso para la llamada generación silenciosa (nacidos entre 1920 y 1940). Se trataba de un aparato hecho casi de manera exclusiva para el ocio, que vanagloriaba el sexo y la violencia, y que estaba hecho a la medida de una cultura foránea. ¿Cuál habrá sido la impresión de los más viejos frente a la llegada de un invasor tal?

Nos podemos devolver más. La llegada de la radio a países del Tercer Mundo como Colombia también debió suponer un cambio generacional. Las horas del trabajo en el campo (por una porción considerable de ellas) fueron reemplazadas por cierto tiempo «perdido» en el que los jóvenes se reunían en los centros urbanos para escuchar noticias relacionadas con la Segunda Guerra Mundial, a perder el tiempo.

Vamos más atrás, la llegada de la imprenta supuso un recambio generacional. El mundo cambió: la mitad de Europa se hizo protestante gracias a la imprenta, y luego fue una tecnología aprovechada por movimientos independentistas en América, aprovechado para el establecimiento de nuevos estados nacionales en contra de la hegemonía colonial europea.

No nos devolvamos más. La sospecha frente a nuevas tecnologías es un fenómeno viejo. Esto no importaría: que algo sea viejo no lo hace ni mejor ni peor. Lo cierto es que estas teorías conspirativas en torno a la tecnología nunca han resultado ser tan apocalípticamente ciertas como se decía. Tampoco han sido totalmente bondadosas e inocentes, por supuesto, pero esto no es culpa de las tecnologías. La televisión no ha resultado ser tan mala como pensaban los adultos de las décadas de 1950 y 1960, y se han producido productos televisivos realmente reflexivos e importantes acerca de nuestra sociedad contemporánea y el consumo (como The Sopranos o Breaking Bad).

Tomemos la radio nuevamente. Esa tecnología hizo que muchos se reunieran, que comunidades dispersas se sintieran identificadas a partir de ciertos símbolos. El jingle de Navidad de Caracol es un ejemplo perfecto. Comunidades en cierta medida distintas y opuestas a causa de la diversidad de climas, experiencias geográficas contrarias y un centralismo devastador, se sienten identificadas (incluso de manera irónica) con una canción que suena cada doce meses. Por supuesto, la radio también puede ser el medio hegemónico más poderoso del país. En uno en el que ciertas regiones no pueden acceder a la televisión o al Internet, la radio se convierte también en hacedor de realidades falsas en contra de minorías como estudiantes, líderes sociales y mujeres activistas.

Por supuesto, frente a la pregunta de Umberto Eco sobre apocalípticos e integrados (¿es mejor rechazar por completo las nuevas tecnologías o adaptarse a ellas y usarlas con inteligencia?), puede que no haya respuesta simple. En cuanto a los millenials y su relación con el celular, sería entonces ingenuo y perezoso pensar que una generación que hace uso de la herramienta que tiene más a la mano se esté cerrando a las posibilidades de la vida, que no disfrute de las relaciones o que esté alienado. Puede que puedas caminar, pero para movilizar alimentos a grandes distancias siempre es mejor usar la rueda.

El solipsismo de los millenials y los celulares inteligentes es una realidad. Sin embargo, también puede ser una realidad la vida bien vivida a partir del trabajo en casa, sin necesidad de la supervisión abusiva de los patrones y de viajes extensos en medios de transporte insuficientes y corruptos. El culto a la imagen es también una realidad a cuenta de plataformas como Instagram, pero también es real la democratización de los medios de producción de información y de arte.

Por supuesto, hay plataformas que no se critican pues son parte del establecimiento. El monopolio de la música y de los contenidos audiovisuales con sistemas como Spotify y Netflix no se cuestiona, pues estos ya son partes del mercado global y benefician empresas de antemano poderosas. Se critica eso sí a YouTube, una plataforma que ha permitido el intercambio de música y de conocimiento libre.

Hay también una crítica en el futuro para hacer a la tecnología del celular. Esta crítica se tendrá que hacer en términos de percepciones y de viralidad. Sin embargo, considero que esta reflexión tiene que ser basada en nuestro uso. Nadie podría decir en este punto que no tiene relación con la tecnología móvil, aún si tiene un celular de primera generación o no tiene celular en absoluto, su vida está determinada por esta tecnología. ¿Cómo podemos usarla para tener acceso inmediato al conocimiento? ¿Cómo usar los videojuegos para mejorar nuestra percepción del mundo? ¿Cómo hacer que el celular y la realidad aumentada se conviertan en mecanismos que nos permitan acercarnos más al mundo? ¿Cómo potenciar el libre intercambio de información?

La respuesta no es de total empatía con el celular. Como digo, hay mucha tela que cortar en cuanto a este tema. Sin embargo, el salto argumental de decir que una generación es perezosa porque usa determinada tecnología parece reduccionista y francamente estúpido.

¡Contenidos digitales responsables ya!

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¡Contenidos digitales responsables ya!

 

Para octubre de 2017, un bitcoin valía 4353,05 dólares. Solo dos meses después, en diciembre de 2017, esa misma criptomoneda tenía un valor de 13 860,14 dólares. Otros tres meses después, en marzo de 2018, ya el valor del bitcoin era de 6926,02.

 

Tres meses después, para junio de 2018, los medios de comunicación alertaban sobre ataques cibernéticos y robos masivos de criptomonedas. El sistema había sido vulnerado y los usuarios de criptomonedas, en consecuencia, habían dejado de confiar en el blockchain, el mecanismo que da sustento al bitcoin. De esta forma se explicaron las alzas y las bajas en el valor del bitcoin: una creciente desconfianza en el sistema a causa de los robos masivos era el origen principal de las variaciones abismales en el valor de esa moneda.

 

 

Sin embargo, y si pensamos de manera más profunda, ¿a qué se deben estas variaciones en el valor de una criptomoneda, dejando de lado la teoría de una supuesta catástrofe? ¿Hay algo intrínseco en las criptomonedas que las hagan poco fiables? En otras palabras, ¿podría ser más que una simple circunstancia catastrófica la que genera esta inestabilidad económica en las criptomonedas? ¿Puede ser que el mismo concepto de una moneda descentralizada, sin un sustento material tras ella, sea lo que haga volátil al bitcoin? ¿Por qué hablar de este tema, ligado al mundo de la economía, en un blog dedicado a la escritura?

 

Así como las criptomonedas, los contenidos digitales de la actualidad están totalmente desligados de materias primas, estadísticas sobre la sociedad e instituciones de regulación.

 

Es posible que los mismos miedos y deseos que hacen que una criptomoneda sea tan variable en cuanto a su valor sean los mismos que sustentan, muy en lo profundo, la manera en la que nos comunicamos a través de los medios digitales en el mundo contemporáneo. La tesis principal: así como las criptomonedas, los contenidos digitales de la actualidad están totalmente desligados de materias primas, estadísticas sobre la sociedad e instituciones de regulación. Es por ello por lo que el bitcoin puede ser un ejemplo claro de lo que sucede hoy día en torno a la comunicación masiva.

 

El bitcoin cumple la promesa de la década de 1970, la de un dinero que no tuviera que depender del oro para la determinación de su valor. Se trata de una promesa también ligada al uso creciente de tarjetas de crédito en todo el globo desde esa misma década. En Colombia, solo por dar un ejemplo, la divisa oficial tenía el nombre de «peso oro» por la equivalencia que tenía un billete con una cantidad determinada de oro real que estaba almacenada en el Banco de la República. En la actualidad, por el contrario, un peso colombiano tiene un valor determinado exclusivamente por las entidades financieras y por los flujos de la economía, y no por su equivalencia con un metal precioso como el oro o la plata.

 

En cuanto a las criptomonedas, el proceso para determinar el valor es equivalente, pero mucho más radical. El bitcoin funciona, según el mito popular y extendido, porque los usuarios tienen confianza en él, porque hay una red de computadores en los que se almacena la información digital relacionada con transacciones específicas. De esta manera, si usted está comprando en este momento drogas o libros en Internet con bitcoins, la información relacionada con esa transacción se distribuye en miles o millones de servidores alrededor del mundo. Por otro lado, y muy en línea con lo que sucede con las monedas reguladas por bancos centrales, el valor del bitcoin viene determinado por tratos que se dan de manera «orgánica» entre mineros de bitcoin y los compradores. Mejor dicho, la persona que «extrae» el bitcoin es quien determina el precio de esa moneda. Según esta lógica, hay poco de material en el bitcoin: no hay un lingote de oro correspondiente a un bitcoin en determinado banco del mundo que señale el valor real.

 

En un mundo totalmente mediado por los contenidos digitales, es claro que también hay una pérdida en el valor de la información.

 

En cierto sentido, el riesgo que asumen los usuarios de esa criptomoneda son los mismos que se asumen al invertir en la bolsa: el consenso general y los movimientos de los inversionistas terminan dictando cuánto va a valer un bitcoin.

 

¿Cuál es entonces la relación de esta dinámica económica con los contenidos digitales de la actualidad? En el presente, los contenidos digitales tampoco se relacionan de manera intrínseca —con el mundo concreto, con la materialidad del mundo. Una primera forma de verlo es a partir de su mismo nombre: se trata de contenidos digitales; textos, imágenes y sonidos que existen sin tener que estar consignados en un libro, una revista, un periódico, un disco, un casete o un lienzo. De hecho, en los últimos años han cerrado varios medios en sus versiones impresas. Así como la moneda no tiene relación con el oro, los contenidos textuales ya no tienen relación con el papel, por ejemplo.

 

La digitalización de los medios que percibíamos como impresos no es necesariamente mala e incluso puede tener consecuencias positivas como una mayor apertura de los medios a otros públicos. Por ejemplo, es posible que un muchacho de veinticinco años no compre el periódico, pero que lea la edición digital de un medio y se entere de los temas fundamentales de nuestro tiempo. Otra posible ventaja es que los grandes conglomerados de la información pierden la prelación que tenían sobre medios alternativos, con visiones más radicales, pero también más profundas en torno a la política, la economía o la ecología.

 

Sin embargo, ya en un mundo totalmente mediado por los contenidos digitales, es claro que también hay una pérdida en el valor de la información. Tomemos como ejemplo las fake news: según el portal Statista, un 43% de los encuestados en México se sintieron completamente expuestos ante las noticias falsas (lo que significa que sintieron desconfianza en torno a una o más noticias que encontraron en las redes sociales). En otra estadística, un 71% de los encuestados en Estados Unidos piensan de manera seria que hay grupos políticos externos o agentes infiltrados plantando noticias falsas en el ciberespacio.

 

¿A qué se debe esta andanada de información falsa, malintencionada o incomprobable? Y, más allá, ¿a qué se debe la reciente desconfianza en los medios? Si pudiéramos dibujar una gráfica como la que abre este texto, pero que midiera las variaciones en el valor que le damos a los contenidos, quizás obtendríamos resultados tan inestables como los que se muestran en relación con el bitcoin. Una semana confiamos con fe ciega en las noticias y la otra renegamos de la manipulación de los medios.

 

Con esto no queremos decir que debamos confiar o desconfiar plenamente de los contenidos que circulan en las redes sociales, pero sí que hay un fenómeno interesante y preocupante en torno a la comunicación actual: si en cuanto al movimiento de divisas la tendencia es a la retirada de los bancos centrales que le asignan un valor más o menos estable al dinero, en la comunicación la retirada la dan los grandes verificadores de información, los enormes conglomerados de medios impresos que tenían la potestad de dar por cierta determinada noticia o determinado análisis; si en el caso de las criptomonedas y del sistema monetario en general la tendencia es a desligar el valor del dinero de un producto material específico (el oro o la plata), en las comunicaciones tenemos textos, podcasts, memes y gráficas que no se basan en investigaciones reales, materiales sobre cómo el mundo funciona. Nuestros textos están desligados de los problemas sociales fundamentales, y eso hace que desconfiemos de ellos. El mundo virtual se aleja del mundo concreto.

 

En el caso del bitcoin, la información relacionada con una transacción puede ser digital, pero está almacenada en servidores bastante reales, que ocupan un espacio real, y que son fabricados con metales bastante reales, por personas reales (sin hablar de la extracción de esos metales). Una teoría equivalente se podría construir alrededor de los contenidos digitales: detrás de los textos, imágenes y sonidos que pueblan hoy nuestras redes sociales hay también una cadena material, una historia concreta de productores y de trabajadores que hoy día están bastante ocultos.

 

¿Qué hacer? La respuesta no es fácil, pues los grandes conglomerados que manejaban la información hace tres décadas también podían autorizar la publicación de una noticia determinada gracias a intereses de particulares que no siempre buscan el bien general. Lo que sí es posible (pero todavía demasiado etéreo) es buscar una manera de encontrar consensos acerca de lo que los contenidos pueden lograr y cuál es su responsabilidad. Una buena manera puede ser la asociación entre medios y la puesta en marcha de manuales, no solo de estilo, sino también éticos y políticos.

 

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Apocalípticos e integrados

 

¿Qué piensa del Internet? ¿Es un foro abierto para las ideas importantes o un espacio que enaltece la alienación? Quizás esta pregunta tenga que ver con un problema generacional y con las políticas públicas de los países.

 

 

 

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La escritura de la novena de aguinaldos

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La novena de aguinaldos se ha tratado de actualizar varias veces sin éxito. Incluso, alguna vez escuche una novena que proponía la liberación de todos los trabajadores junto con la esperanza de la llegada del Niño Jesús, lo cual ya es bastante particular. En parte, ese esfuerzo por actualizar tiene que ver con cierto anacronismo. Hace poco el portal de humor Actualidad Panamericana señalaba con un titular ese anacronismo: “RAE aclara a los colombianos que la expresión ‘Padre putativo’ no es grosería”. La novena, así como algunos villancicos, está llena de palabras en desuso, giros idiomáticos extraños. Read More

Dos noticias editoriales

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Dos noticias han agitado el mundo editorial en las últimas dos semanas. La más reciente es la compra del conglomerado de medios Time Inc. por parte de la empresa Meredith, con una inyección financiera importante por parte de los empresarios y multimillonarios conservadores David y Charles Koch.

Es bastante usual cierta actitud apocalíptica en torno a la falta de lectores y de difusión de medios impresos como libros, revistas y periódicos.

Además del hecho de la transacción, con un valor de 1 700 millones de dólares, lo interesante son las supuestas causas de ella. Varios medios apuntan a que la búsqueda de un comprador por parte de Time Inc. (empresa que publica las revistas Time, Sports Illustrated y Fortune) tiene que ver con un imaginario mentado y repetido hasta el cansancio en la actualidad: la caída en desgracia de los medios impresos. El conglomerado, al notar el lento deceso de su industria estaría buscando nuevos dueños para pivotear o recibir otro enfoque.

Sí, se ha vuelto un lugar común decir que los medios impresos han sido desbancados e incluso es bastante usual cierta actitud apocalíptica en torno a la falta de lectores y de difusión de medios impresos como libros, revistas y periódicos. En ocasiones, esta actitud tiene que ver con una hipotética superioridad espiritual de los medios impresos sobre los digitales, como si de los libros, por ejemplo, se pudiera aprender más si están sobre el papel que en una pantalla. Y en general, la opinión pública se lamenta por la puesta en marcha del mundo editorial digital.

Vale la pena preguntarse de dónde viene esa valoración casi mística de un medio sobre otro. El análisis de la compra de Time Inc. pareciera contradecir la postura fatalista en torno a los medios impresos. Para una industria agónica, la transacción de 1 700 millones es contradictoria y ridícula (ninguna empresa que fracase es comprada por tal cantidad). Una transacción de ese calibre no es propia de una industria como la que se ha descrito en los últimos años, con los días contados, supuestamente.

Todo medio, así se defina como liberal, de centro, apolítico, imparcial, tendrá una ideología tras de sí, un espectro político que lo guíe.

Quizás lo que preocupa al sector editorial es el traspaso de manos, es decir, quiénes están tomando posesión de los medios de comunicación, ya sean digitales o impresos. En el caso específico de Time Inc., de ser una corporación en el espectro político de centro, seguramente pasará a ser más de corte de derechas, así se haya dicho que los conservadores hermanos Koch no tendrán injerencia en las decisiones editoriales. Es decir que lo que seguramente preocupa a los apocalípticos no es la destrucción de un cierto espíritu ilustrado de lo impreso, sino la reconfiguración de los recursos del sector editorial y la reconfiguración de la ideología tras esos medios.

Para los lectores, esto no significa menor parcialidad. Es claro que todo medio, así se defina como liberal, de centro, apolítico, imparcial, tendrá una ideología tras de sí, un espectro político que lo guíe. Es posible que los lectores de esas revistas experimenten otro tipo de ideología, de nuevo, más cercana a la derecha, pero no pasarán de la imparcialidad a la parcialidad. Todo medio es parcial y tiene un programa político tras de sí.

Este traspaso de manos nos lleva a la otra noticia de la semana: las restricciones hechas por los legisladores norteamericanos al contenido de Internet. Según lo que se lee en algunos periódicos y revistas en línea, en una nueva ley se propone restringir el acceso a ciertas redes sociales y a cierto contenido en Internet. Si el consumidor paga una cuota extra, podrá acceder a esos contenidos como pasa, por ejemplo, con algunos paquetes de televisión. Es decir, lo que propone la ley es estratificar el mundo de la red, imponer especies de clases sociales en la Internet en cuanto al contenido al que un usuario puede tener acceso.

El abanderado de la ley vuelve a ser el presidente Donald Trump, quien quiere garantizar la libertad de las compañías para vender la información como mejor les venga en gana, en detrimento del intercambio de información relativamente libre que se da en redes sociales. Sin embargo, como pasa con Time Inc., ese intercambio tampoco es tan libre en la era de las fake news y de la republicidad. El problema que plantea esta nueva ley es el descaro con el que se restringe la información de manera directa por parte de las empresas.

Las dos noticias, la de Time Inc. y la de la ley de neutralidad del Internet tienen el mismo trasfondo, la toma del poder de los medios por parte de una clase conservadora que ha venido creciendo en los últimos años. Si bien los anteriores dueños de los medios de comunicación en los Estados Unidos no garantizaban imparcialidad y tampoco una información que pudiera usar la gente del común para pensar y repensar la política con criterio, es claro que estos nuevos dueños de la información, los ultraconservadores, tampoco lo harán.

Así, este traspaso del poder es solo eso, un intercambio entre espectros ideológicos, pero no un intercambio entre clases sociales, ni tampoco representará un incremento en la calidad de la información. Ni el público ni las ideas políticas saldrán favorecidas cuando los mismos de siempre se raponeen la información entre ellos.

Ya, pues, hablemos de la violencia y la guerra

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Poco se ha hablado en las revistas culturales colombianas sobre la Comisión de la Verdad que recién ha revelado el nombre de sus integrantes. Más bien tímidos, además, han sido los textos y documentos audiovisuales en las grandes plataformas de comunicación. Los textos y entrevistas más importantes han sido los de dos integrantes de esa comisión, Alfredo Molano Bravo y el padre Francisco de Roux, presidente de la comisión, quienes han afirmado la verdad de que no habrá verdad única en el resultado de sus investigaciones, y que además esas verdades no serán jurídicas, no ayudarán a que se condene o se absuelva a nadie, sino que lo que se privilegiará será una comprensión colectiva de las experiencias de las víctimas (http://bit.ly/2A2uNXp, http://bit.ly/2zQ28Vu). Read More

Parce, ¿de dónde es que viene esta palabra?

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¿Qué palabras se pueden decir con tranquilidad? ¿Qué palabras se usan a diario, pero no son reconocidas como “elegantes” o incluso “apropiadas”? En todo idioma pasa, no solo en español: hay palabras cuyo origen y cuyo uso tiene que ver exclusivamente con una profesión, por ejemplo, y que en otros contextos son extrañas. Si es en el quirófano, la palabra “médula” es la más apropiada; pero si es en la plaza o en el restaurante, lo más apropiado es decir “tuétano”. Este uso también tiene que ver con las clases sociales, con el contacto y el rechazo entre clases. Así, hay palabras solo usadas por la élite, y otras solo usadas por las clases bajas. Read More