Colombia tiene escritoras

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¿Qué libros escritos por mujeres tiene en su biblioteca personal? ¿Qué libros escritos por mujeres ha leído en el último año? ¿Qué libros escritos por mujeres colombianas ha leído en el último año? Si la respuesta es que no muchos o que ninguno, no significa que usted en particular sea machista y que tenga que ser tachado de alguna otra cosa. No, más bien, que la cultura en la que usted ha crecido sí es machista y que es posible que, por ejemplo, sus profesores de Español o las librerías a las que va a gastar su dinero no hayan tenido en cuenta a la literatura escrita por mujeres para la estructuración de los programas académicos o para los tratos comerciales con editoriales. Es decir que, a usted le han cerrado los ojos frente a un vasto mundo literario que no es minoritario, como se piensa comúnmente y, en últimas,  lo han dejado sin posibilidad de elección.

¿Por qué son importantes estas preguntas? El debate en torno al evento principal del Año Colombia-Francia se ha tomado los párrafos e imágenes ciertos medios que no necesariamente tienen que ver con la literatura o la alta cultura: programas radiales de variedades, periódicos regionales, redes sociales. ¿Qué fue lo que pasó? El Año Colombia-Francia permite, de manera supuesta, una serie de intercambios culturales entre esos dos países. Sin embargo, al evento principal de ese programa solo se invitó a escritores hombres a que participaran. Así pues, las escritoras colombianas, en especial Fernanda Trías, Carolina Sanín, Yolanda Reyes, y muchos otros personajes ligados al mundo de la cultura han levantado su voz de protesta.

Estos argumentos, es claro, remiten a la pereza, a la falta de criterio, y no deberían tenerse en cuenta.

Los periodistas y comentaristas más conservadores, por supuesto, también se han expresado. Por ejemplo, han dicho que en cuestiones políticas sí es necesario que existan cuotas importantes de mujeres, pero que en el arte es distinto porque la cuestión se debería basar en los méritos, en el talento, y dicen esos periodistas, en ocasiones un grupo minoritario no tiene los méritos suficientes.

El Ministerio de Cultura ha sostenido igualmente argumentos de logística. Por ejemplo, ha dicho que para el momento del evento no había ninguna escritora en París, o que a Héctor Abad Faciolince lo entrevistaron, en el marco del evento, un grupo nutrido de periodistas mujeres, y que eso ya subsana la cuestión de género. Estos argumentos, es claro, remiten a la pereza, a la falta de criterio, y no deberían tenerse en cuenta.

Por el contrario, en Serifa también nos expresamos en contra de la violencia y la exclusión. Las mujeres no son un grupo minoritario; de hecho, solo por citar un dato menor, pero que parece necesario en este momento en el que otros argumentos no se entienden o no se quieren escuchar, para 2016 el número de mujeres en Colombia era de 24 708 400, y el de hombres de 23 495 019. Ya solo este dato contradice cualquier razón subsiguiente: si no se trata de una minoría, y si vivimos en una época en el que las editoriales se esfuerzan por publicar cada vez más mujeres en oposición a la discriminación y a la exclusión histórica, es claro que de entre todas las mujeres escritoras que tiene Colombia (y de las cuales la revista Arcadia, por ejemplo, publicó una lista bastante actualizada y un manifiesto firmado por las escritoras sobre el tema) debe haber también bastantes que cumplan los requisitos y que sean idóneas para comentar su oficio y su visión de mundo en un evento sobre literatura.

Los libros y la complejidad

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Hace unos días terminé de leer una novela que se llama “Super Sad True Love Story”. Esta tiene lugar en un futuro distópico en el que Estados Unidos está en guerra con Venezuela y su deuda nacional ha alcanzado tales proporciones que su economía depende completamente de China. Las personas viven conectadas a unos aparatos que dan y reciben toda clase de información: la privacidad ya no existe. Por ejemplo, si alguien en la calle piensa que otra persona es atractiva físicamente, esta se enterará inmediatamente, pues su puntaje de atractivo físico cambiará y cualquiera lo podrá ver. Además, cualquiera se puede enterar de cuánta plata tiene otra persona en su cuenta, pues esta información también está disponible al cruzarse en la calle.

 

La historia está contada desde el diario personal de Lenny Abramov, un cuarentón que trabaja en una firma que se especializa en la prolongación de la vida; y los chats y correos electrónicos de Eunice Park, una coreana muy atractiva, bastante menor que Lenny y que no ha encontrado su verdadera vocación. Por esta razón, ella depende económicamente de sus padres y, después, de Lenny, quien se enamora de ella en Italia y la invita a vivir con él en Nueva York. Acá me detengo, pues esta no es una reseña de la novela, de la que pueden leer más en este enlace.

 

Lo que más me llamó la atención es la relación que la novela establece entre las personas y los libros. Estos son vistos como anacronismos de mal gusto, que solo guardan polvo y huelen feo y que son, en general, muy aburridos como para leerlos. Esta es exactamente la opinión de Eunice, a quien le enternece, intimida y sorprende la enorme biblioteca de Lenny, llena de clásicos que ella no es capaz de leer, pues le resultan muy complejos. Lo de ella son las imágenes y la lectura rápida en Internet para encontrar lo que quiere comprar.

 

Por supuesto, esto pasa en la mayoría de la ciencia ficción: los libros son peligrosos y muy poderosos, entonces hay que quemarlos, destruirlos o prohibirlos. Nada de eso es nuevo. Sin embargo, en “Super Sad” lo que pasa es muy interesante, pues no se trata solo de que nadie lee, sino que esto se refleja en la escritura de la misma novela. ¿Qué quiero decir? Que en el caso de Lenny, sus entradas en el diario son pulidas y muy reflexivas; se trata de páginas y páginas en las que él hace recuentos cuidadosos y detallados. Eunice, por su parte, no escribe un diario, sino que le manda mensajes a sus amigos y familia y estos están llenos de errores de ortografía, que, incluso, en partes, dificultan la comprensión.

 

Estos mensajes son la evidencia de una lenta pérdida del lenguaje, que va de la mano con el deterioro social y político del país en la novela. Incapaces de leer, estas personas están incapacitadas, también, para aprender o para tener pensamientos demasiado complejos, y solo pueden comunicarse de formas muy básicas.

 

Así, este libro me hace pensar en la importancia no solo de la lectura (que ya la sabemos de memoria y no se trata de hacer una oda sin críticas a los libros y sus maravillas), sino de la complejidad. No de enredar y confundir gratuitamente, sino de la complejidad como el arte de pensar, de darle vueltas a un problema hasta solucionarlo, de darle forma con cuidado a un argumento bien pensado. En la novela, los personajes son devorados por una realidad política abrumadora frente a la que no tienen ninguna herramienta de defensa o de crítica. Y por eso esta es una invitación de Serifa a que sigamos pensando, buscando relaciones y construyendo puentes entre ideas y disciplinas.    

 

Tres estrategias de corrección de estilo para mejorar su escritura

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Este post es una traducción y adaptación de un texto de Grammarly

 

  1. Haga una lista de sus errores frecuentes y de las cosas que siempre le generan dudas

    ¿Duda usted de cuál es la forma correcta de escribir la palabra “decisiones”? ¿O “consciente”? ¿Siempre se le olvida si se pone o no coma entre el sujeto y el predicado? Haga una lista de esas palabras y reglas que olvida frecuentemente y póngala en un lugar visible. Así, cada vez que tenga una duda le dará menos pereza aclararla, pues tendrá la respuesta a la mano y, con el tiempo, dejará de dudar.

  2. Lea, espere un minuto, vuelva a leer

    Probablemente usted ya sabe esto, pero no lo hace siempre. Antes de enviar o imprimir cualquier cosa, revísela: busque “typos” y asegúrese de que no falten palabras. Si puede, haga otra cosa durante un rato y después vuelva y lea. Entre más tiempo pase entre la escritura y revisión de un texto, tendrá mayores probabilidades de detectar los errores, pues leerá el texto con una mirada fresca.

  3. Lea en voz alta lo que acaba de escribir

    Aunque puede parecer tonto, esta es una de las mejores formas de garantizar que lo que escribe es claro y correcto. Tómese su tiempo, pronuncie cada palabra con cuidado y lea detenidamente cada frase; esto le ayudará a detectar “typos” y problemas de puntuación que podrían confundir a sus lectores.

 

La economía naranja: ¿»Orange is The New Black»?

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El color naranja significa algo en casi todas las sociedades del planeta.»Orange is the happiest color», decía Frank Sinatra y en la India, el naranja está relacionado con el segundo chakra, el sacro, el de la creatividad. Sin embargo, hace poco descubrimos un nuevo uso de este color, esta vez en el término «economía naranja».

Con la publicación del libro “La Economía Naranja: una oportunidad infinita” (2013), y sus posteriores actualizaciones, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) le dio visibilidad a un fenómeno que despierta cada vez más el interés de las agendas de los países de América Latina y el Caribe: la creatividad como un elemento integral para el desarrollo económico y social de la región, al ayudar a forjar una economía competitiva a nivel mundial, basada en el conocimiento.

Pero, ¿a qué nos referimos con “economía naranja”? Según el BID, al “conjunto de actividades que de manera encadenada permiten que las ideas se transformen en bienes y servicios, y cuyo valor puede estar basado en la propiedad intelectual”. En este sentido, los músicos, actores, diseñadores, arquitectos, cantantes, desarrolladores, literatos, entre otros creadores de ideas, son capaces de generar, no solo riqueza y empleo, sino también, con su talento y patrimonio cultural, sistemas de innovación en sectores prioritarios para la región, como la salud, la infraestructura o la educación. Los datos del BID son bastante llamativos, por no decir, difíciles de creer. ¿Puede la cultura generar riqueza? Al parecer sí. De hecho, el 6,1 % de la economía del mundo depende de estas creaciones intelectuales. Según el BID, si pensáramos este porcentaje en términos de países, la economía naranja sería la cuarta economía más grande del mundo, reportando 4,3 billones de dólares anuales. Una economía 20 % más grande que la de Alemania, por ejemplo. Además, sería la novena potencia comercial del planeta, pues exportaría bienes y servicios por 646 mil millones de dólares. En el caso particular de América Latina y el Caribe, la economía naranja aportó 1,9 millones de puestos de trabajo en 2015, comparables con los que genera toda la economía de Uruguay o de Costa Rica.

Sin embargo, más allá de las cifras, es importante resaltar el valor que el informe le da a la creatividad desde tres frentes. El primero, como fuerza protagónica para enfrentar las formas tradicionales que conocemos de producir y trabajar. En este sentido, según el informe del BID, el futuro de las empresas, independientemente de su tamaño, estará en la capacidad que estas tengan de atraer nuevos talentos y de diseñar nuevas lógicas para la creación de valor. Hoy, empresas como Airbnb, Spotify o Uber son prueba de ello. El segundo, como fuerza que usa la empatía para, al lograr ponerse en el lugar de los demás, ser capaz de generar productos y servicios que resuelvan las necesidades específicas de la sociedad; que ofrezcan soluciones inclusivas; y que capitalicen la inteligencia desde la participación del usuario. El tercero, la creatividad como una manera de fortalecer el vínculo emocional con el consumidor, y tal vez más importante, de fomentar el respeto al patrimonio cultural y la necesidad de generar un impacto social positivo en el mundo.

A pesar de lo anterior, vale la pena preguntarnos por qué los que nos dedicamos a las artes y las humanidades no sentimos que estemos viviendo en un clima tan favorable y más bien seguimos reforzando la creencia de que es imposible “vivir del arte”. Que siempre estaremos trabajando mucho, y por muy poco. ¿Es realmente posible que nuestras industrias creativas y culturales sean capaces de competir en mercados globales, de generar empleos y de mejorar nuestra calidad de vida? Según el BID este sector es un motor en desarrollo que es necesario potenciar más, pero para esto, serán necesarios nuevos modos de medición y de seguimiento para monitorear su progreso y valor. Todavía la contribución de la economía naranja en los países latinoamericanos y del Caribe es invisible o está débilmente representada. En el caso colombiano, por parte de la sociedad es imperativo que reconozcamos estas actividades como un trabajo legítimo y por tanto que le demos una remuneración adecuada; y por parte del gobierno, que este desarrolle políticas públicas que fortalezcan al ecosistema de innovación y de la creatividad, así como que realice evaluaciones de impacto para consolidar los conocimientos acerca de los fracasos y los éxitos de estas empresas.

Entonces, ¿qué debemos hacer las empresas culturales? Más allá de las cifras, pues habrá algunos que no creamos del todo en ellas, un punto valioso que podemos rescatar de este informe y de los casos de éxito que en él se incluyen es el desafío que significa encontrar ese equilibrio entre las ideas que nos interesan a nosotros y las que le interesan al mercado. ¿Cómo podemos mediante nuestro trabajo dar a conocer la importancia que tienen para nosotros las artes y las humanidades, al mismo tiempo que nos aseguramos de que estamos prestando un servicio que le sirva a los demás, y que el mercado quiera comprar?

El español en el mundo

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A propósito del 12 de octubre y de la llegada del español a América, Serifa les comparte algunos datos sobre nuestro idioma tomados del informe «El español: una lengua viva» (2016) del Instituto Cervantes.

1. 472 millones de personas tienen el español como lengua materna.

2. Hoy hablan español 567 millones de personas (incluidos hablantes nativos, hablantes con competencia limitada y estudiantes), lo que la hace la segunda lengua más hablada del mundo detrás del chino mandarín.

3. 21 millones de personas aprenden hoy en día español como lengua extranjera. Sin embargo, el Informe considera que podrían ser hasta un 25 % más, pues los datos no están completos.

4. Los países con más personas interesadas en aprender español son Estados Unidos y el Reino Unido.

5. En la educación superior estadounidense, las matrículas para aprender español superan a las del resto de idiomas combinados.

6. Se estima que para el año 2050 Estados Unidos será el país con más hablantes de español, con 119 millones. Esto equivaldría al 28,6 % de su población.

7. El español es el tercer idioma más utilizado en la red después del inglés y el chino.

8. El español es la lengua oficial de 21 países y esto, unido al hecho de que es un idioma geográficamente compacto y homogéneo, lo hace la segunda lengua más importante del ámbito internacional.

Sobre la caída de La Madriguera del Conejo

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El cierre de la librería La Madriguera del Conejo ha entristecido a la comunidad editorial. Sin embargo, deberíamos preguntarnos a qué comunidad editorial.

Y, claro, el cierre de una librería, de una biblioteca o de un centro cultural siempre es trágico por lo que representan estos establecimientos: el acceso a la cultura, al conocimiento; la posibilidad de mirar a otras perspectivas. Una reacción común frente a estos sucesos es la culpabilidad general. Los lectores sienten que debieron haber estado más al tanto de las actividades desarrolladas en estos espacios. “Debimos haber invertido más en esta librería”.

No obstante, si uno mira los países con ley de precio único, se da cuenta de que se trata de casos en los que la industria editorial es fuerte y, sobre todo, hay un público real para los libros, hay demanda de ellos.

Sin embargo, el análisis de Nicolás Morales acerca del cierre de esa librería del norte de Bogotá es acertado pues no asienta la culpa en el corazón de los lectores/compradores, sino en las falencias administrativas de las librerías. Entre otras, el escritor de Arcadia habla sobre la necesidad de una ley de precio único en Colombia; es decir, que los editores establezcan un precio para determinado libro (como el precio sugerido de los tostacos o la gaseosa), que se indica en la contraportada del ejemplar. Luego, los libreros deben vender esos libros a ese mismo precio; es decir que se regula el porcentaje de descuento que los libreros pueden hacer. (En el caso de Francia, este descuento no puede ser mayor al 5 %).

No obstante, si uno mira los países con ley de precio único, se da cuenta de que se trata de casos en los que la industria editorial es fuerte y, sobre todo, hay un público real para los libros, hay demanda de ellos. Argentina, Francia, España, Portugal, son todos países en los que hay industrias editoriales mucho más potentes que en Colombia y, de nuevo, hay un público lector masivo. Cuando menos, imponer una ley del libro en Colombia tendría efectos nulos, y en específico para las librerías, pues así se mantuvieran los precios fijos, no habría una masa concreta de consumidores para esos libros. (Para 2016, el promedio de libros leídos era de entre 1,9 y 2,2, estadística distinta a la de libros comprados).

Contrario a lo que se pueda pensar, el movimiento lector no empieza como un movimiento de capital privado.

El análisis de Morales está sesgado pues piensa en un solo punto de la historia editorial de Colombia (el cierre de una librería en un sector específico de la ciudad). Está bien, en un artículo no se puede tomar toda esa historia y solucionar todos los problemas. Sin embargo, es posible que las dificultades económicas de La Madriguera del Conejo vengan no solo de problemas económicos internos, sino de una falta de espacios para el sector editorial. No solo hablo de industria, hablo también de un movimiento alrededor de la lectura: de lectores, ferias, movimiento orgánico de la lectura. Contrario a lo que se pueda pensar, el movimiento lector no empieza como un movimiento de capital privado, con la fundación masiva de librerías, sino, en principio, con el fortalecimiento de las bibliotecas públicas en todos los sectores de una ciudad y de un país. Una librería con buenos títulos en el norte de la ciudad es solo un punto de lo que debería ser una serie de conexiones culturales: bibliotecas, librerías, centros culturales, distribuidores, talleres.

A pesar de que esta labor comienza, por ejemplo, fortaleciendo los programas de lectura en los colegios y dotándolos de sentido para la juventud, también tiene que ver con el libro como un objeto de lujo en una economía deficiente. Una ley de precio único fijaría precios que la mayoría de la población no puede pagar. Ahora, ¿funcionaría esta ley a sabiendas de que la mayoría de editoriales en Colombia no son colombianas y que, en esa medida, podrían instituir precios sin contexto? Por ahora, esa ley implica que solo se beneficia un punto de la cadena de producción del libro, pero no se fortalece toda la constelación.

 

¿Qué pasa con las humanidades?

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La idea de que las humanidades están en crisis es ya vieja. Básicamente desde su nacimiento como disciplina estas se han visto enfrentadas, dada su naturaleza crítica, a múltiples auto-cuestionamientos y debates internos que van desde las discusiones en torno a qué deberían enseñar y con qué metodologías, hasta la pregunta por su lugar en la sociedad. Sin embargo, hoy las humanidades se enfrentan a una situación nueva: el surgimiento de una concepción puramente productivista de la educación en el que parece no haber lugar para ellas.

¿Qué significa esto? Que debido a la globalización de la producción económica y a la inserción de la ideología neoliberal en las universidades, estas tienden a ser concebidas, cada vez más, como empresas en las que la productividad, el buen desempeño económico y la formación técnica son primordiales. En un mundo cada vez más interconectado, en el que los mercados nacionales se abren al mercado mundial, es necesario que las universidades formen personas capaces de enfrentarse a esta situación y sus retos, que permea, cada vez más, las relaciones tanto de producción como sociales en general.

Esto es especialmente importante para países como Colombia, que buscan las formas más efectivas de participar en el mercado mundial para consolidarse como economías fuertes y competitivas. Así pues, para lograr sacar ventajas del mercado global, se debe invertir más en investigación científica, desarrollo e innovación y las universidades son el lugar ideal para hacerlo. Fue así como en el año 2014, Colciencias presentó sus convocatorias para doctorados, jóvenes investigadores y grupos de investigación, que generaron enormes polémicas y discusiones, hasta el punto de que muchos profesores de humanidades se negaron a presentarse a ellas.

Lo que estaba en juego, más allá de que la convocatoria tuviera una metodología de medición que quería parecer técnica y neutral, pero que era excluyente, era la visión de la universidad. Lo verdaderamente preocupante, más allá de que se excluyera a las humanidades, era la visión de la universidad que tienen Colciencias y el gobierno, pues sin ciencias sociales ni humanidades, la universidad es un mero instituto técnico, que produce personal calificado de manera estandarizada.

Las humanidades, pues, parecen estar cada vez más marginadas dentro de las universidades, pues bajo una visión puramente instrumental del conocimiento, se considera que son inútiles. Así pues, para evitar su propia desaparición, se han visto forzadas a buscar formas de adaptarse y justificarse en este nuevo entorno. Se habla, por ejemplo, de la importancia de las humanidades en la formación de profesionales con unas habilidades deseables en diversos empleos, como la comprensión de lectura o la capacidad argumentativa y de tomar decisiones difíciles. Capacidades que, sin duda, se desarrollan estudiando una carrera de humanidades, pero que reducen a términos de utilidad económica unas disciplinas que, tradicionalmente, han sido las responsables de la formación ética, democrática, creativa y moral de las personas.

Para ampliar, el asunto es, justamente, que en esos términos, ajenos a ellas, no se puede hacer una defensa convincente ni equitativa de las humanidades. Al contrario, es esta lógica de la rentabilidad lo que las destruye silenciosamente bajo el discurso de estar salvándolas. Pues si se cede demasiado a las consideraciones instrumentales del mercado se corre el riesgo de dejar de lado una de las tareas más importantes de las humanidades: pensar críticamente. Por ejemplo, ese mercado y las relaciones que establece.

No se trata, por supuesto, de desconocer que la educación superior puede y debe contribuir a la economía y que los estudiantes de humanidades también deben poder sobrevivir, sino que esta no debería ser su única función. Como asegura Martha Nussbaum, “Sería catastrófico convertirse en una nación de gente técnicamente competente que haya perdido la habilidad de pensar críticamente, de examinarse a sí misma y de respetar la humanidad y la diversidad de otros” (Nussbaum, 2003, p. 327). Así pues, el problema es el desequilibrio, el poner cada vez más énfasis en la ciencia, la tecnología y la innovación dejando de lado una formación integral.

¿Qué hacer entonces? Esa es la pregunta que nos persigue como humanistas y aunque yo no tengo la respuesta, diría que debemos seguir estudiando humanidades, seguir demostrando su importancia para humanizarnos y seguir creando, desde nuestras disciplinas, espacios alternativos.

Sobre el camino que elegimos

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Logo Serifa Editores

La constitución de Serifa como empresa en el ámbito legal colombiano nos ha traído varios retos. Tal vez el más importante de ellos ha sido el de pensarnos como empresa y no como personas naturales. ¿Valía la pena el esfuerzo? ¿Acaso no era mejor seguir pasando las ya conocidas cuentas de cobro, sobre todo cuando ya entendíamos cómo no perder plata entre el pago de la planilla, del ICA y de la retención de fuente? Si bien le teníamos miedo al calendario tributario, había dos preguntas que realmente nos hacían vacilar: ¿hay espacio en el mercado colombiano para una empresa como la nuestra?, ¿qué debemos ofrecer para brindar una propuesta de valor a nuestros clientes, sin perder de vista quiénes somos en el camino?

No, literatura no “sirve” para nada, si pensamos “utilidad” como la capacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado.

Como literato, o en general profesional de las ciencias sociales, la universidad nunca te prepara para estas cosas. Sobre todo en el campo de las artes y las humanidades estamos acostumbrados a que los amigos de otras facultades, entre preocupación y burla, nos pregunten que si vamos “a vivir del arte” y a que en las reuniones familiares tíos y primos lejanos nos pregunten para qué sirve nuestra carrera. Por lo menos a mí esa segunda siempre me hacía pensar. No, literatura no “sirve” para nada, si pensamos “utilidad” como lacapacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado. Por ejemplo, una tijera para cortar, un lápiz para escribir, un médico para curar personas enfermas, un ingeniero civil para construir puentes. ¿Para qué “servía” ser literato y cómo vivir de lo que estudiamos?

Recuerdo que salir al mercado laboral fue un baldado de agua helada. Más allá de la academia, las ofertas para literatos son escasas y las pocas que existen piden que se cubra unamplio espectro de actividades, a veces por un salario muy bajo y siempre en la modalidad de prestación de servicios (que no crean, al principio, es difícil de entender los derechos y deberes inherentes a esta modalidad de contratación). Curiosamente, los que hoy hacemos parte de Serifa, terminamos trabajando en cargos y con personas de campos muy alejados de las artes y las humanidades. Sin embargo, más que una frustración, estos trabajos se convirtieron para nosotros en un momento de revelación y hoy les guardamos mucho agradecimiento. Descubrimos que no le ofrecemos al mercado laboral un conocimiento particular. Por ejemplo, no estamos para contarle a los demás de qué se trata La montaña mágica; estamos para brindar una serie de herramientas que solo cuatro años de sentarse a aprender a leer y escribir bien, pueden ofrecer.

¿Por qué? Porque una cosa es la tasa de alfabetización de las que tanto se jactan los gobiernos y otra la alfabetización como tal. No se trata solamente de enseñarle a los niños de preescolar y primaria a leer y a escribir, y con eso dar la labor por terminada. Se trata de las habilidades lingüísticas y cognitivas que desarrollamos en el ejercicio de esta actividad y que ponemos en práctica todos los días. Aquellas que nos permiten organizar, sistematizar y plasmar la información que recibimos de nuestro alrededor y aquellas que nos permiten generar nuevo conocimiento y estar en sintonía con las personas con las que interactuamos a diario.

Todo lo que nos rodea es lenguaje: las señales de tránsito en la calle, las cláusulasdel contrato de arrendamiento, los memes que mandamos anuestros grupos de Whatsapp.

Y es que, si lo pensamos detenidamente, todo lo que nos rodea es lenguaje: las señales de tránsito en la calle, las cláusulas del contrato de arrendamiento, los memes que mandamos a nuestros grupos de Whatsapp, el menú de los restaurantes a los que vamos, una pelea con nuestra pareja, la forma en la que nuestra mascota mueve su cola o sus orejas. Todo tiene que ver con un acto de leer (a los demás) y escribir (en los demás, para que nos lean y que en ese sentido nos entiendan) que no se reduce exclusivamente a la actividad literaria. Es, por sobre todas las cosas, un acto empático, de ponerse en el lugar del otro, de tratar de suavizar esa tensión entre decir y querer decir. Allí está la importancia de lo que hacemos. La razón por la que decidimos lanzarnos al agua.

 

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Un poema de Raúl Zurita

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Esta semana se llevó a cabo en Bogotá la décima versión del festival internacional de literatura Las líneas de su mano, que organiza la Agenda cultural del Gimnasio Moderno. Este año, el evento contó con la participación de más de 30 escritores colombianos e hispanoamericanos, entre ellos Luis García Montero, de España; Piedad Bonnett, de Colombia; Gioconda Belli, de Nicaragua; y Raúl Zurita, de Chile, de quien hoy les compartimos un poema.

Guárdame en ti

Entonces guárdame en ti
en los torrentes más secretos que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo quede algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación de las aguas
que se marchan
Y luego, cuando las grandes aves se derrumben
y las nubes nos indiquen
que se nos fue la vida entre los dedos
guárdame todavía en ti
tenme en ti, en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la Primavera desciende.

 

Por una nueva educación en escritura I

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Se escucha bastante a los líderes de opinión, y en general a cualquier cristiano, hablar sobre la falta de educación como un problema de desarrollo de los países; según estos análisis, el desarrollo de un país depende de qué tan bien educados estén sus ciudadanos. Sin embargo, en ocasiones se pasa por la galleta una pregunta esencial: ¿se necesita más educación o un modelo educativo en específico que aliente el desarrollo?

En la mayoría de instituciones, estos programas son mamotretos interminables sobre reglas ortográficas y de sintaxis que seguramente a un niño curioso de seis años le interesarán menos que las intrigas de la política nacional.

El ámbito de la escritura es uno de los más manoseados por los proponentes de este debate; los señores y las señoras bien pensantes que hablan, quizás en exceso, sobre educación, generalmente discuten también la buena ortografía como una muestra de buena educación, por ejemplo, o sobre cómo la buena escritura es esencial para cualquier profesional. Y, sí, en parte tienen razón. No obstante, en cuanto a esta porción de la discusión, también se hace caso omiso de cómo deberían establecerse los programas de escritura, español, literatura (o cualquier otro nombre que se le quiera dar) en los colegios y las universidades.

En la mayoría de instituciones, estos programas son mamotretos interminables sobre reglas ortográficas y de sintaxis que seguramente a un niño curioso de seis años le interesarán menos que las intrigas de la política nacional. Déjennos descreer y decir que, para un niño así, no dice nada que una palabra grave no lleve tilde si termina en vocal, “n” o “s”.

Más bien, los programas educativos centrados en escritura y lectura deberían estar centrados en leer y escribir textos que relacionen a los estudiantes con el mundo, y que a partir de ellos se discutan reglas, formas de escribir, estilos.

La educación en escritura como se plantea en la actualidad no tiene resultados.

Un caso personal: en un taller de escritura con desplazados de Colombia que dirigí en el bachillerato, por ejemplo, le leí a los asistentes algunos escritos de Milan Kundera sobre personas que tuvieron que migrar de la Unión Soviética a países de Europa Occidental. Los asistentes al taller luego tenían que escribir su propia historia y hablar sobre la relación entre esos dos casos de desplazamiento, tan distintos, pero con el desarraigo como factor común. Los textos producidos en el taller no solo eran leídos en clave personal o política, se corregían aspectos de ortografía, sintaxis, gramática, pero sin hablar concretamente de reglas, sino sobre cómo representar eficazmente el mundo, sea cual sea este en el caso del que escribe, y que el lector entendiera a qué se refería el escritor.

Por supuesto, el proceso de un programa como este puede ser percibido como más lento que el tradicional, pero al final, la educación en escritura como se plantea en la actualidad no tiene resultados: el aburrimiento es el que domina por encima del conocimiento, sobre todo en el caso de los niños más pequeños, que lo que al parecer quieren es hablar y hablar y hablar sobre el entorno en que viven.