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Millenials: La promesa demográfica

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Dos

La promesa demográfica

Las generaciones pasadas pensaban que los millenials iban a hacer frente a restos mayores del planeta como el cambio climático gracias a las herramientas que supuestamente tenían a la mano. Pero algo salió mal en el camino.

*Este texto es la segunda parte de un texto de tres. Para ir a la primera entrega, haga clic aquí. Read More

La economía naranja: ¿»Orange is The New Black»?

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El color naranja significa algo en casi todas las sociedades del planeta.»Orange is the happiest color», decía Frank Sinatra y en la India, el naranja está relacionado con el segundo chakra, el sacro, el de la creatividad. Sin embargo, hace poco descubrimos un nuevo uso de este color, esta vez en el término «economía naranja».

Con la publicación del libro “La Economía Naranja: una oportunidad infinita” (2013), y sus posteriores actualizaciones, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) le dio visibilidad a un fenómeno que despierta cada vez más el interés de las agendas de los países de América Latina y el Caribe: la creatividad como un elemento integral para el desarrollo económico y social de la región, al ayudar a forjar una economía competitiva a nivel mundial, basada en el conocimiento.

Pero, ¿a qué nos referimos con “economía naranja”? Según el BID, al “conjunto de actividades que de manera encadenada permiten que las ideas se transformen en bienes y servicios, y cuyo valor puede estar basado en la propiedad intelectual”. En este sentido, los músicos, actores, diseñadores, arquitectos, cantantes, desarrolladores, literatos, entre otros creadores de ideas, son capaces de generar, no solo riqueza y empleo, sino también, con su talento y patrimonio cultural, sistemas de innovación en sectores prioritarios para la región, como la salud, la infraestructura o la educación. Los datos del BID son bastante llamativos, por no decir, difíciles de creer. ¿Puede la cultura generar riqueza? Al parecer sí. De hecho, el 6,1 % de la economía del mundo depende de estas creaciones intelectuales. Según el BID, si pensáramos este porcentaje en términos de países, la economía naranja sería la cuarta economía más grande del mundo, reportando 4,3 billones de dólares anuales. Una economía 20 % más grande que la de Alemania, por ejemplo. Además, sería la novena potencia comercial del planeta, pues exportaría bienes y servicios por 646 mil millones de dólares. En el caso particular de América Latina y el Caribe, la economía naranja aportó 1,9 millones de puestos de trabajo en 2015, comparables con los que genera toda la economía de Uruguay o de Costa Rica.

Sin embargo, más allá de las cifras, es importante resaltar el valor que el informe le da a la creatividad desde tres frentes. El primero, como fuerza protagónica para enfrentar las formas tradicionales que conocemos de producir y trabajar. En este sentido, según el informe del BID, el futuro de las empresas, independientemente de su tamaño, estará en la capacidad que estas tengan de atraer nuevos talentos y de diseñar nuevas lógicas para la creación de valor. Hoy, empresas como Airbnb, Spotify o Uber son prueba de ello. El segundo, como fuerza que usa la empatía para, al lograr ponerse en el lugar de los demás, ser capaz de generar productos y servicios que resuelvan las necesidades específicas de la sociedad; que ofrezcan soluciones inclusivas; y que capitalicen la inteligencia desde la participación del usuario. El tercero, la creatividad como una manera de fortalecer el vínculo emocional con el consumidor, y tal vez más importante, de fomentar el respeto al patrimonio cultural y la necesidad de generar un impacto social positivo en el mundo.

A pesar de lo anterior, vale la pena preguntarnos por qué los que nos dedicamos a las artes y las humanidades no sentimos que estemos viviendo en un clima tan favorable y más bien seguimos reforzando la creencia de que es imposible “vivir del arte”. Que siempre estaremos trabajando mucho, y por muy poco. ¿Es realmente posible que nuestras industrias creativas y culturales sean capaces de competir en mercados globales, de generar empleos y de mejorar nuestra calidad de vida? Según el BID este sector es un motor en desarrollo que es necesario potenciar más, pero para esto, serán necesarios nuevos modos de medición y de seguimiento para monitorear su progreso y valor. Todavía la contribución de la economía naranja en los países latinoamericanos y del Caribe es invisible o está débilmente representada. En el caso colombiano, por parte de la sociedad es imperativo que reconozcamos estas actividades como un trabajo legítimo y por tanto que le demos una remuneración adecuada; y por parte del gobierno, que este desarrolle políticas públicas que fortalezcan al ecosistema de innovación y de la creatividad, así como que realice evaluaciones de impacto para consolidar los conocimientos acerca de los fracasos y los éxitos de estas empresas.

Entonces, ¿qué debemos hacer las empresas culturales? Más allá de las cifras, pues habrá algunos que no creamos del todo en ellas, un punto valioso que podemos rescatar de este informe y de los casos de éxito que en él se incluyen es el desafío que significa encontrar ese equilibrio entre las ideas que nos interesan a nosotros y las que le interesan al mercado. ¿Cómo podemos mediante nuestro trabajo dar a conocer la importancia que tienen para nosotros las artes y las humanidades, al mismo tiempo que nos aseguramos de que estamos prestando un servicio que le sirva a los demás, y que el mercado quiera comprar?

Sobre la caída de La Madriguera del Conejo

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El cierre de la librería La Madriguera del Conejo ha entristecido a la comunidad editorial. Sin embargo, deberíamos preguntarnos a qué comunidad editorial.

Y, claro, el cierre de una librería, de una biblioteca o de un centro cultural siempre es trágico por lo que representan estos establecimientos: el acceso a la cultura, al conocimiento; la posibilidad de mirar a otras perspectivas. Una reacción común frente a estos sucesos es la culpabilidad general. Los lectores sienten que debieron haber estado más al tanto de las actividades desarrolladas en estos espacios. “Debimos haber invertido más en esta librería”.

No obstante, si uno mira los países con ley de precio único, se da cuenta de que se trata de casos en los que la industria editorial es fuerte y, sobre todo, hay un público real para los libros, hay demanda de ellos.

Sin embargo, el análisis de Nicolás Morales acerca del cierre de esa librería del norte de Bogotá es acertado pues no asienta la culpa en el corazón de los lectores/compradores, sino en las falencias administrativas de las librerías. Entre otras, el escritor de Arcadia habla sobre la necesidad de una ley de precio único en Colombia; es decir, que los editores establezcan un precio para determinado libro (como el precio sugerido de los tostacos o la gaseosa), que se indica en la contraportada del ejemplar. Luego, los libreros deben vender esos libros a ese mismo precio; es decir que se regula el porcentaje de descuento que los libreros pueden hacer. (En el caso de Francia, este descuento no puede ser mayor al 5 %).

No obstante, si uno mira los países con ley de precio único, se da cuenta de que se trata de casos en los que la industria editorial es fuerte y, sobre todo, hay un público real para los libros, hay demanda de ellos. Argentina, Francia, España, Portugal, son todos países en los que hay industrias editoriales mucho más potentes que en Colombia y, de nuevo, hay un público lector masivo. Cuando menos, imponer una ley del libro en Colombia tendría efectos nulos, y en específico para las librerías, pues así se mantuvieran los precios fijos, no habría una masa concreta de consumidores para esos libros. (Para 2016, el promedio de libros leídos era de entre 1,9 y 2,2, estadística distinta a la de libros comprados).

Contrario a lo que se pueda pensar, el movimiento lector no empieza como un movimiento de capital privado.

El análisis de Morales está sesgado pues piensa en un solo punto de la historia editorial de Colombia (el cierre de una librería en un sector específico de la ciudad). Está bien, en un artículo no se puede tomar toda esa historia y solucionar todos los problemas. Sin embargo, es posible que las dificultades económicas de La Madriguera del Conejo vengan no solo de problemas económicos internos, sino de una falta de espacios para el sector editorial. No solo hablo de industria, hablo también de un movimiento alrededor de la lectura: de lectores, ferias, movimiento orgánico de la lectura. Contrario a lo que se pueda pensar, el movimiento lector no empieza como un movimiento de capital privado, con la fundación masiva de librerías, sino, en principio, con el fortalecimiento de las bibliotecas públicas en todos los sectores de una ciudad y de un país. Una librería con buenos títulos en el norte de la ciudad es solo un punto de lo que debería ser una serie de conexiones culturales: bibliotecas, librerías, centros culturales, distribuidores, talleres.

A pesar de que esta labor comienza, por ejemplo, fortaleciendo los programas de lectura en los colegios y dotándolos de sentido para la juventud, también tiene que ver con el libro como un objeto de lujo en una economía deficiente. Una ley de precio único fijaría precios que la mayoría de la población no puede pagar. Ahora, ¿funcionaría esta ley a sabiendas de que la mayoría de editoriales en Colombia no son colombianas y que, en esa medida, podrían instituir precios sin contexto? Por ahora, esa ley implica que solo se beneficia un punto de la cadena de producción del libro, pero no se fortalece toda la constelación.

 

Sobre el camino que elegimos

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La constitución de Serifa como empresa en el ámbito legal colombiano nos ha traído varios retos. Tal vez el más importante de ellos ha sido el de pensarnos como empresa y no como personas naturales. ¿Valía la pena el esfuerzo? ¿Acaso no era mejor seguir pasando las ya conocidas cuentas de cobro, sobre todo cuando ya entendíamos cómo no perder plata entre el pago de la planilla, del ICA y de la retención de fuente? Si bien le teníamos miedo al calendario tributario, había dos preguntas que realmente nos hacían vacilar: ¿hay espacio en el mercado colombiano para una empresa como la nuestra?, ¿qué debemos ofrecer para brindar una propuesta de valor a nuestros clientes, sin perder de vista quiénes somos en el camino?

No, literatura no “sirve” para nada, si pensamos “utilidad” como la capacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado.

Como literato, o en general profesional de las ciencias sociales, la universidad nunca te prepara para estas cosas. Sobre todo en el campo de las artes y las humanidades estamos acostumbrados a que los amigos de otras facultades, entre preocupación y burla, nos pregunten que si vamos “a vivir del arte” y a que en las reuniones familiares tíos y primos lejanos nos pregunten para qué sirve nuestra carrera. Por lo menos a mí esa segunda siempre me hacía pensar. No, literatura no “sirve” para nada, si pensamos “utilidad” como lacapacidad que tiene una cosa de servir o de ser aprovechada para un fin determinado. Por ejemplo, una tijera para cortar, un lápiz para escribir, un médico para curar personas enfermas, un ingeniero civil para construir puentes. ¿Para qué “servía” ser literato y cómo vivir de lo que estudiamos?

Recuerdo que salir al mercado laboral fue un baldado de agua helada. Más allá de la academia, las ofertas para literatos son escasas y las pocas que existen piden que se cubra unamplio espectro de actividades, a veces por un salario muy bajo y siempre en la modalidad de prestación de servicios (que no crean, al principio, es difícil de entender los derechos y deberes inherentes a esta modalidad de contratación). Curiosamente, los que hoy hacemos parte de Serifa, terminamos trabajando en cargos y con personas de campos muy alejados de las artes y las humanidades. Sin embargo, más que una frustración, estos trabajos se convirtieron para nosotros en un momento de revelación y hoy les guardamos mucho agradecimiento. Descubrimos que no le ofrecemos al mercado laboral un conocimiento particular. Por ejemplo, no estamos para contarle a los demás de qué se trata La montaña mágica; estamos para brindar una serie de herramientas que solo cuatro años de sentarse a aprender a leer y escribir bien, pueden ofrecer.

¿Por qué? Porque una cosa es la tasa de alfabetización de las que tanto se jactan los gobiernos y otra la alfabetización como tal. No se trata solamente de enseñarle a los niños de preescolar y primaria a leer y a escribir, y con eso dar la labor por terminada. Se trata de las habilidades lingüísticas y cognitivas que desarrollamos en el ejercicio de esta actividad y que ponemos en práctica todos los días. Aquellas que nos permiten organizar, sistematizar y plasmar la información que recibimos de nuestro alrededor y aquellas que nos permiten generar nuevo conocimiento y estar en sintonía con las personas con las que interactuamos a diario.

Todo lo que nos rodea es lenguaje: las señales de tránsito en la calle, las cláusulasdel contrato de arrendamiento, los memes que mandamos anuestros grupos de Whatsapp.

Y es que, si lo pensamos detenidamente, todo lo que nos rodea es lenguaje: las señales de tránsito en la calle, las cláusulas del contrato de arrendamiento, los memes que mandamos a nuestros grupos de Whatsapp, el menú de los restaurantes a los que vamos, una pelea con nuestra pareja, la forma en la que nuestra mascota mueve su cola o sus orejas. Todo tiene que ver con un acto de leer (a los demás) y escribir (en los demás, para que nos lean y que en ese sentido nos entiendan) que no se reduce exclusivamente a la actividad literaria. Es, por sobre todas las cosas, un acto empático, de ponerse en el lugar del otro, de tratar de suavizar esa tensión entre decir y querer decir. Allí está la importancia de lo que hacemos. La razón por la que decidimos lanzarnos al agua.

 

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Cómo cotizar una traducción

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La traducción es, quizás, el negocio más rentable de los servicios editoriales, en especial para los traductores oficiales, quienes, por lo menos en Latinoamérica, tienen que pasar un examen elaborado por la institución pública correspondiente, lo que da acceso a mejores contratos (en ciertos casos). Los traductores oficiales están, entonces, avalados por el gobierno, y pueden certificar sus traducciones mediante un sello o una firma. Sin embargo, el resto de los traductores pueden ganar buen dinero debido a una serie de factores que analizaremos en este artículo.

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