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¡Contenidos digitales responsables ya!

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¡Contenidos digitales responsables ya!

 

Para octubre de 2017, un bitcoin valía 4353,05 dólares. Solo dos meses después, en diciembre de 2017, esa misma criptomoneda tenía un valor de 13 860,14 dólares. Otros tres meses después, en marzo de 2018, ya el valor del bitcoin era de 6926,02.

 

Tres meses después, para junio de 2018, los medios de comunicación alertaban sobre ataques cibernéticos y robos masivos de criptomonedas. El sistema había sido vulnerado y los usuarios de criptomonedas, en consecuencia, habían dejado de confiar en el blockchain, el mecanismo que da sustento al bitcoin. De esta forma se explicaron las alzas y las bajas en el valor del bitcoin: una creciente desconfianza en el sistema a causa de los robos masivos era el origen principal de las variaciones abismales en el valor de esa moneda.

 

 

Sin embargo, y si pensamos de manera más profunda, ¿a qué se deben estas variaciones en el valor de una criptomoneda, dejando de lado la teoría de una supuesta catástrofe? ¿Hay algo intrínseco en las criptomonedas que las hagan poco fiables? En otras palabras, ¿podría ser más que una simple circunstancia catastrófica la que genera esta inestabilidad económica en las criptomonedas? ¿Puede ser que el mismo concepto de una moneda descentralizada, sin un sustento material tras ella, sea lo que haga volátil al bitcoin? ¿Por qué hablar de este tema, ligado al mundo de la economía, en un blog dedicado a la escritura?

 

Así como las criptomonedas, los contenidos digitales de la actualidad están totalmente desligados de materias primas, estadísticas sobre la sociedad e instituciones de regulación.

 

Es posible que los mismos miedos y deseos que hacen que una criptomoneda sea tan variable en cuanto a su valor sean los mismos que sustentan, muy en lo profundo, la manera en la que nos comunicamos a través de los medios digitales en el mundo contemporáneo. La tesis principal: así como las criptomonedas, los contenidos digitales de la actualidad están totalmente desligados de materias primas, estadísticas sobre la sociedad e instituciones de regulación. Es por ello por lo que el bitcoin puede ser un ejemplo claro de lo que sucede hoy día en torno a la comunicación masiva.

 

El bitcoin cumple la promesa de la década de 1970, la de un dinero que no tuviera que depender del oro para la determinación de su valor. Se trata de una promesa también ligada al uso creciente de tarjetas de crédito en todo el globo desde esa misma década. En Colombia, solo por dar un ejemplo, la divisa oficial tenía el nombre de «peso oro» por la equivalencia que tenía un billete con una cantidad determinada de oro real que estaba almacenada en el Banco de la República. En la actualidad, por el contrario, un peso colombiano tiene un valor determinado exclusivamente por las entidades financieras y por los flujos de la economía, y no por su equivalencia con un metal precioso como el oro o la plata.

 

En cuanto a las criptomonedas, el proceso para determinar el valor es equivalente, pero mucho más radical. El bitcoin funciona, según el mito popular y extendido, porque los usuarios tienen confianza en él, porque hay una red de computadores en los que se almacena la información digital relacionada con transacciones específicas. De esta manera, si usted está comprando en este momento drogas o libros en Internet con bitcoins, la información relacionada con esa transacción se distribuye en miles o millones de servidores alrededor del mundo. Por otro lado, y muy en línea con lo que sucede con las monedas reguladas por bancos centrales, el valor del bitcoin viene determinado por tratos que se dan de manera «orgánica» entre mineros de bitcoin y los compradores. Mejor dicho, la persona que «extrae» el bitcoin es quien determina el precio de esa moneda. Según esta lógica, hay poco de material en el bitcoin: no hay un lingote de oro correspondiente a un bitcoin en determinado banco del mundo que señale el valor real.

 

En un mundo totalmente mediado por los contenidos digitales, es claro que también hay una pérdida en el valor de la información.

 

En cierto sentido, el riesgo que asumen los usuarios de esa criptomoneda son los mismos que se asumen al invertir en la bolsa: el consenso general y los movimientos de los inversionistas terminan dictando cuánto va a valer un bitcoin.

 

¿Cuál es entonces la relación de esta dinámica económica con los contenidos digitales de la actualidad? En el presente, los contenidos digitales tampoco se relacionan de manera intrínseca —con el mundo concreto, con la materialidad del mundo. Una primera forma de verlo es a partir de su mismo nombre: se trata de contenidos digitales; textos, imágenes y sonidos que existen sin tener que estar consignados en un libro, una revista, un periódico, un disco, un casete o un lienzo. De hecho, en los últimos años han cerrado varios medios en sus versiones impresas. Así como la moneda no tiene relación con el oro, los contenidos textuales ya no tienen relación con el papel, por ejemplo.

 

La digitalización de los medios que percibíamos como impresos no es necesariamente mala e incluso puede tener consecuencias positivas como una mayor apertura de los medios a otros públicos. Por ejemplo, es posible que un muchacho de veinticinco años no compre el periódico, pero que lea la edición digital de un medio y se entere de los temas fundamentales de nuestro tiempo. Otra posible ventaja es que los grandes conglomerados de la información pierden la prelación que tenían sobre medios alternativos, con visiones más radicales, pero también más profundas en torno a la política, la economía o la ecología.

 

Sin embargo, ya en un mundo totalmente mediado por los contenidos digitales, es claro que también hay una pérdida en el valor de la información. Tomemos como ejemplo las fake news: según el portal Statista, un 43% de los encuestados en México se sintieron completamente expuestos ante las noticias falsas (lo que significa que sintieron desconfianza en torno a una o más noticias que encontraron en las redes sociales). En otra estadística, un 71% de los encuestados en Estados Unidos piensan de manera seria que hay grupos políticos externos o agentes infiltrados plantando noticias falsas en el ciberespacio.

 

¿A qué se debe esta andanada de información falsa, malintencionada o incomprobable? Y, más allá, ¿a qué se debe la reciente desconfianza en los medios? Si pudiéramos dibujar una gráfica como la que abre este texto, pero que midiera las variaciones en el valor que le damos a los contenidos, quizás obtendríamos resultados tan inestables como los que se muestran en relación con el bitcoin. Una semana confiamos con fe ciega en las noticias y la otra renegamos de la manipulación de los medios.

 

Con esto no queremos decir que debamos confiar o desconfiar plenamente de los contenidos que circulan en las redes sociales, pero sí que hay un fenómeno interesante y preocupante en torno a la comunicación actual: si en cuanto al movimiento de divisas la tendencia es a la retirada de los bancos centrales que le asignan un valor más o menos estable al dinero, en la comunicación la retirada la dan los grandes verificadores de información, los enormes conglomerados de medios impresos que tenían la potestad de dar por cierta determinada noticia o determinado análisis; si en el caso de las criptomonedas y del sistema monetario en general la tendencia es a desligar el valor del dinero de un producto material específico (el oro o la plata), en las comunicaciones tenemos textos, podcasts, memes y gráficas que no se basan en investigaciones reales, materiales sobre cómo el mundo funciona. Nuestros textos están desligados de los problemas sociales fundamentales, y eso hace que desconfiemos de ellos. El mundo virtual se aleja del mundo concreto.

 

En el caso del bitcoin, la información relacionada con una transacción puede ser digital, pero está almacenada en servidores bastante reales, que ocupan un espacio real, y que son fabricados con metales bastante reales, por personas reales (sin hablar de la extracción de esos metales). Una teoría equivalente se podría construir alrededor de los contenidos digitales: detrás de los textos, imágenes y sonidos que pueblan hoy nuestras redes sociales hay también una cadena material, una historia concreta de productores y de trabajadores que hoy día están bastante ocultos.

 

¿Qué hacer? La respuesta no es fácil, pues los grandes conglomerados que manejaban la información hace tres décadas también podían autorizar la publicación de una noticia determinada gracias a intereses de particulares que no siempre buscan el bien general. Lo que sí es posible (pero todavía demasiado etéreo) es buscar una manera de encontrar consensos acerca de lo que los contenidos pueden lograr y cuál es su responsabilidad. Una buena manera puede ser la asociación entre medios y la puesta en marcha de manuales, no solo de estilo, sino también éticos y políticos.

 

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Apocalípticos e integrados

 

¿Qué piensa del Internet? ¿Es un foro abierto para las ideas importantes o un espacio que enaltece la alienación? Quizás esta pregunta tenga que ver con un problema generacional y con las políticas públicas de los países.

 

 

 

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La escritura de la novena de aguinaldos

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La novena de aguinaldos se ha tratado de actualizar varias veces sin éxito. Incluso, alguna vez escuche una novena que proponía la liberación de todos los trabajadores junto con la esperanza de la llegada del Niño Jesús, lo cual ya es bastante particular. En parte, ese esfuerzo por actualizar tiene que ver con cierto anacronismo. Hace poco el portal de humor Actualidad Panamericana señalaba con un titular ese anacronismo: “RAE aclara a los colombianos que la expresión ‘Padre putativo’ no es grosería”. La novena, así como algunos villancicos, está llena de palabras en desuso, giros idiomáticos extraños. Read More

Dos noticias editoriales

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Dos noticias han agitado el mundo editorial en las últimas dos semanas. La más reciente es la compra del conglomerado de medios Time Inc. por parte de la empresa Meredith, con una inyección financiera importante por parte de los empresarios y multimillonarios conservadores David y Charles Koch.

Es bastante usual cierta actitud apocalíptica en torno a la falta de lectores y de difusión de medios impresos como libros, revistas y periódicos.

Además del hecho de la transacción, con un valor de 1 700 millones de dólares, lo interesante son las supuestas causas de ella. Varios medios apuntan a que la búsqueda de un comprador por parte de Time Inc. (empresa que publica las revistas Time, Sports Illustrated y Fortune) tiene que ver con un imaginario mentado y repetido hasta el cansancio en la actualidad: la caída en desgracia de los medios impresos. El conglomerado, al notar el lento deceso de su industria estaría buscando nuevos dueños para pivotear o recibir otro enfoque.

Sí, se ha vuelto un lugar común decir que los medios impresos han sido desbancados e incluso es bastante usual cierta actitud apocalíptica en torno a la falta de lectores y de difusión de medios impresos como libros, revistas y periódicos. En ocasiones, esta actitud tiene que ver con una hipotética superioridad espiritual de los medios impresos sobre los digitales, como si de los libros, por ejemplo, se pudiera aprender más si están sobre el papel que en una pantalla. Y en general, la opinión pública se lamenta por la puesta en marcha del mundo editorial digital.

Vale la pena preguntarse de dónde viene esa valoración casi mística de un medio sobre otro. El análisis de la compra de Time Inc. pareciera contradecir la postura fatalista en torno a los medios impresos. Para una industria agónica, la transacción de 1 700 millones es contradictoria y ridícula (ninguna empresa que fracase es comprada por tal cantidad). Una transacción de ese calibre no es propia de una industria como la que se ha descrito en los últimos años, con los días contados, supuestamente.

Todo medio, así se defina como liberal, de centro, apolítico, imparcial, tendrá una ideología tras de sí, un espectro político que lo guíe.

Quizás lo que preocupa al sector editorial es el traspaso de manos, es decir, quiénes están tomando posesión de los medios de comunicación, ya sean digitales o impresos. En el caso específico de Time Inc., de ser una corporación en el espectro político de centro, seguramente pasará a ser más de corte de derechas, así se haya dicho que los conservadores hermanos Koch no tendrán injerencia en las decisiones editoriales. Es decir que lo que seguramente preocupa a los apocalípticos no es la destrucción de un cierto espíritu ilustrado de lo impreso, sino la reconfiguración de los recursos del sector editorial y la reconfiguración de la ideología tras esos medios.

Para los lectores, esto no significa menor parcialidad. Es claro que todo medio, así se defina como liberal, de centro, apolítico, imparcial, tendrá una ideología tras de sí, un espectro político que lo guíe. Es posible que los lectores de esas revistas experimenten otro tipo de ideología, de nuevo, más cercana a la derecha, pero no pasarán de la imparcialidad a la parcialidad. Todo medio es parcial y tiene un programa político tras de sí.

Este traspaso de manos nos lleva a la otra noticia de la semana: las restricciones hechas por los legisladores norteamericanos al contenido de Internet. Según lo que se lee en algunos periódicos y revistas en línea, en una nueva ley se propone restringir el acceso a ciertas redes sociales y a cierto contenido en Internet. Si el consumidor paga una cuota extra, podrá acceder a esos contenidos como pasa, por ejemplo, con algunos paquetes de televisión. Es decir, lo que propone la ley es estratificar el mundo de la red, imponer especies de clases sociales en la Internet en cuanto al contenido al que un usuario puede tener acceso.

El abanderado de la ley vuelve a ser el presidente Donald Trump, quien quiere garantizar la libertad de las compañías para vender la información como mejor les venga en gana, en detrimento del intercambio de información relativamente libre que se da en redes sociales. Sin embargo, como pasa con Time Inc., ese intercambio tampoco es tan libre en la era de las fake news y de la republicidad. El problema que plantea esta nueva ley es el descaro con el que se restringe la información de manera directa por parte de las empresas.

Las dos noticias, la de Time Inc. y la de la ley de neutralidad del Internet tienen el mismo trasfondo, la toma del poder de los medios por parte de una clase conservadora que ha venido creciendo en los últimos años. Si bien los anteriores dueños de los medios de comunicación en los Estados Unidos no garantizaban imparcialidad y tampoco una información que pudiera usar la gente del común para pensar y repensar la política con criterio, es claro que estos nuevos dueños de la información, los ultraconservadores, tampoco lo harán.

Así, este traspaso del poder es solo eso, un intercambio entre espectros ideológicos, pero no un intercambio entre clases sociales, ni tampoco representará un incremento en la calidad de la información. Ni el público ni las ideas políticas saldrán favorecidas cuando los mismos de siempre se raponeen la información entre ellos.

Ya, pues, hablemos de la violencia y la guerra

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Poco se ha hablado en las revistas culturales colombianas sobre la Comisión de la Verdad que recién ha revelado el nombre de sus integrantes. Más bien tímidos, además, han sido los textos y documentos audiovisuales en las grandes plataformas de comunicación. Los textos y entrevistas más importantes han sido los de dos integrantes de esa comisión, Alfredo Molano Bravo y el padre Francisco de Roux, presidente de la comisión, quienes han afirmado la verdad de que no habrá verdad única en el resultado de sus investigaciones, y que además esas verdades no serán jurídicas, no ayudarán a que se condene o se absuelva a nadie, sino que lo que se privilegiará será una comprensión colectiva de las experiencias de las víctimas (http://bit.ly/2A2uNXp, http://bit.ly/2zQ28Vu). Read More

Parce, ¿de dónde es que viene esta palabra?

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¿Qué palabras se pueden decir con tranquilidad? ¿Qué palabras se usan a diario, pero no son reconocidas como “elegantes” o incluso “apropiadas”? En todo idioma pasa, no solo en español: hay palabras cuyo origen y cuyo uso tiene que ver exclusivamente con una profesión, por ejemplo, y que en otros contextos son extrañas. Si es en el quirófano, la palabra “médula” es la más apropiada; pero si es en la plaza o en el restaurante, lo más apropiado es decir “tuétano”. Este uso también tiene que ver con las clases sociales, con el contacto y el rechazo entre clases. Así, hay palabras solo usadas por la élite, y otras solo usadas por las clases bajas. Read More

Colombia tiene escritoras

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¿Qué libros escritos por mujeres tiene en su biblioteca personal? ¿Qué libros escritos por mujeres ha leído en el último año? ¿Qué libros escritos por mujeres colombianas ha leído en el último año? Si la respuesta es que no muchos o que ninguno, no significa que usted en particular sea machista y que tenga que ser tachado de alguna otra cosa. No, más bien, que la cultura en la que usted ha crecido sí es machista y que es posible que, por ejemplo, sus profesores de Español o las librerías a las que va a gastar su dinero no hayan tenido en cuenta a la literatura escrita por mujeres para la estructuración de los programas académicos o para los tratos comerciales con editoriales. Es decir que, a usted le han cerrado los ojos frente a un vasto mundo literario que no es minoritario, como se piensa comúnmente y, en últimas,  lo han dejado sin posibilidad de elección.

¿Por qué son importantes estas preguntas? El debate en torno al evento principal del Año Colombia-Francia se ha tomado los párrafos e imágenes ciertos medios que no necesariamente tienen que ver con la literatura o la alta cultura: programas radiales de variedades, periódicos regionales, redes sociales. ¿Qué fue lo que pasó? El Año Colombia-Francia permite, de manera supuesta, una serie de intercambios culturales entre esos dos países. Sin embargo, al evento principal de ese programa solo se invitó a escritores hombres a que participaran. Así pues, las escritoras colombianas, en especial Fernanda Trías, Carolina Sanín, Yolanda Reyes, y muchos otros personajes ligados al mundo de la cultura han levantado su voz de protesta.

Estos argumentos, es claro, remiten a la pereza, a la falta de criterio, y no deberían tenerse en cuenta.

Los periodistas y comentaristas más conservadores, por supuesto, también se han expresado. Por ejemplo, han dicho que en cuestiones políticas sí es necesario que existan cuotas importantes de mujeres, pero que en el arte es distinto porque la cuestión se debería basar en los méritos, en el talento, y dicen esos periodistas, en ocasiones un grupo minoritario no tiene los méritos suficientes.

El Ministerio de Cultura ha sostenido igualmente argumentos de logística. Por ejemplo, ha dicho que para el momento del evento no había ninguna escritora en París, o que a Héctor Abad Faciolince lo entrevistaron, en el marco del evento, un grupo nutrido de periodistas mujeres, y que eso ya subsana la cuestión de género. Estos argumentos, es claro, remiten a la pereza, a la falta de criterio, y no deberían tenerse en cuenta.

Por el contrario, en Serifa también nos expresamos en contra de la violencia y la exclusión. Las mujeres no son un grupo minoritario; de hecho, solo por citar un dato menor, pero que parece necesario en este momento en el que otros argumentos no se entienden o no se quieren escuchar, para 2016 el número de mujeres en Colombia era de 24 708 400, y el de hombres de 23 495 019. Ya solo este dato contradice cualquier razón subsiguiente: si no se trata de una minoría, y si vivimos en una época en el que las editoriales se esfuerzan por publicar cada vez más mujeres en oposición a la discriminación y a la exclusión histórica, es claro que de entre todas las mujeres escritoras que tiene Colombia (y de las cuales la revista Arcadia, por ejemplo, publicó una lista bastante actualizada y un manifiesto firmado por las escritoras sobre el tema) debe haber también bastantes que cumplan los requisitos y que sean idóneas para comentar su oficio y su visión de mundo en un evento sobre literatura.

Los libros y la complejidad

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Hace unos días terminé de leer una novela que se llama “Super Sad True Love Story”. Esta tiene lugar en un futuro distópico en el que Estados Unidos está en guerra con Venezuela y su deuda nacional ha alcanzado tales proporciones que su economía depende completamente de China. Las personas viven conectadas a unos aparatos que dan y reciben toda clase de información: la privacidad ya no existe. Por ejemplo, si alguien en la calle piensa que otra persona es atractiva físicamente, esta se enterará inmediatamente, pues su puntaje de atractivo físico cambiará y cualquiera lo podrá ver. Además, cualquiera se puede enterar de cuánta plata tiene otra persona en su cuenta, pues esta información también está disponible al cruzarse en la calle.

 

La historia está contada desde el diario personal de Lenny Abramov, un cuarentón que trabaja en una firma que se especializa en la prolongación de la vida; y los chats y correos electrónicos de Eunice Park, una coreana muy atractiva, bastante menor que Lenny y que no ha encontrado su verdadera vocación. Por esta razón, ella depende económicamente de sus padres y, después, de Lenny, quien se enamora de ella en Italia y la invita a vivir con él en Nueva York. Acá me detengo, pues esta no es una reseña de la novela, de la que pueden leer más en este enlace.

 

Lo que más me llamó la atención es la relación que la novela establece entre las personas y los libros. Estos son vistos como anacronismos de mal gusto, que solo guardan polvo y huelen feo y que son, en general, muy aburridos como para leerlos. Esta es exactamente la opinión de Eunice, a quien le enternece, intimida y sorprende la enorme biblioteca de Lenny, llena de clásicos que ella no es capaz de leer, pues le resultan muy complejos. Lo de ella son las imágenes y la lectura rápida en Internet para encontrar lo que quiere comprar.

 

Por supuesto, esto pasa en la mayoría de la ciencia ficción: los libros son peligrosos y muy poderosos, entonces hay que quemarlos, destruirlos o prohibirlos. Nada de eso es nuevo. Sin embargo, en “Super Sad” lo que pasa es muy interesante, pues no se trata solo de que nadie lee, sino que esto se refleja en la escritura de la misma novela. ¿Qué quiero decir? Que en el caso de Lenny, sus entradas en el diario son pulidas y muy reflexivas; se trata de páginas y páginas en las que él hace recuentos cuidadosos y detallados. Eunice, por su parte, no escribe un diario, sino que le manda mensajes a sus amigos y familia y estos están llenos de errores de ortografía, que, incluso, en partes, dificultan la comprensión.

 

Estos mensajes son la evidencia de una lenta pérdida del lenguaje, que va de la mano con el deterioro social y político del país en la novela. Incapaces de leer, estas personas están incapacitadas, también, para aprender o para tener pensamientos demasiado complejos, y solo pueden comunicarse de formas muy básicas.

 

Así, este libro me hace pensar en la importancia no solo de la lectura (que ya la sabemos de memoria y no se trata de hacer una oda sin críticas a los libros y sus maravillas), sino de la complejidad. No de enredar y confundir gratuitamente, sino de la complejidad como el arte de pensar, de darle vueltas a un problema hasta solucionarlo, de darle forma con cuidado a un argumento bien pensado. En la novela, los personajes son devorados por una realidad política abrumadora frente a la que no tienen ninguna herramienta de defensa o de crítica. Y por eso esta es una invitación de Serifa a que sigamos pensando, buscando relaciones y construyendo puentes entre ideas y disciplinas.    

 

Tres estrategias de corrección de estilo para mejorar su escritura

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Este post es una traducción y adaptación de un texto de Grammarly

 

  1. Haga una lista de sus errores frecuentes y de las cosas que siempre le generan dudas

    ¿Duda usted de cuál es la forma correcta de escribir la palabra “decisiones”? ¿O “consciente”? ¿Siempre se le olvida si se pone o no coma entre el sujeto y el predicado? Haga una lista de esas palabras y reglas que olvida frecuentemente y póngala en un lugar visible. Así, cada vez que tenga una duda le dará menos pereza aclararla, pues tendrá la respuesta a la mano y, con el tiempo, dejará de dudar.

  2. Lea, espere un minuto, vuelva a leer

    Probablemente usted ya sabe esto, pero no lo hace siempre. Antes de enviar o imprimir cualquier cosa, revísela: busque “typos” y asegúrese de que no falten palabras. Si puede, haga otra cosa durante un rato y después vuelva y lea. Entre más tiempo pase entre la escritura y revisión de un texto, tendrá mayores probabilidades de detectar los errores, pues leerá el texto con una mirada fresca.

  3. Lea en voz alta lo que acaba de escribir

    Aunque puede parecer tonto, esta es una de las mejores formas de garantizar que lo que escribe es claro y correcto. Tómese su tiempo, pronuncie cada palabra con cuidado y lea detenidamente cada frase; esto le ayudará a detectar “typos” y problemas de puntuación que podrían confundir a sus lectores.