Los libros y la complejidad

 

Hace unos días terminé de leer una novela que se llama “Super Sad True Love Story”. Esta tiene lugar en un futuro distópico en el que Estados Unidos está en guerra con Venezuela y su deuda nacional ha alcanzado tales proporciones que su economía depende completamente de China. Las personas viven conectadas a unos aparatos que dan y reciben toda clase de información: la privacidad ya no existe. Por ejemplo, si alguien en la calle piensa que otra persona es atractiva físicamente, esta se enterará inmediatamente, pues su puntaje de atractivo físico cambiará y cualquiera lo podrá ver. Además, cualquiera se puede enterar de cuánta plata tiene otra persona en su cuenta, pues esta información también está disponible al cruzarse en la calle.

 

La historia está contada desde el diario personal de Lenny Abramov, un cuarentón que trabaja en una firma que se especializa en la prolongación de la vida; y los chats y correos electrónicos de Eunice Park, una coreana muy atractiva, bastante menor que Lenny y que no ha encontrado su verdadera vocación. Por esta razón, ella depende económicamente de sus padres y, después, de Lenny, quien se enamora de ella en Italia y la invita a vivir con él en Nueva York. Acá me detengo, pues esta no es una reseña de la novela, de la que pueden leer más en este enlace.

 

Lo que más me llamó la atención es la relación que la novela establece entre las personas y los libros. Estos son vistos como anacronismos de mal gusto, que solo guardan polvo y huelen feo y que son, en general, muy aburridos como para leerlos. Esta es exactamente la opinión de Eunice, a quien le enternece, intimida y sorprende la enorme biblioteca de Lenny, llena de clásicos que ella no es capaz de leer, pues le resultan muy complejos. Lo de ella son las imágenes y la lectura rápida en Internet para encontrar lo que quiere comprar.

 

Por supuesto, esto pasa en la mayoría de la ciencia ficción: los libros son peligrosos y muy poderosos, entonces hay que quemarlos, destruirlos o prohibirlos. Nada de eso es nuevo. Sin embargo, en “Super Sad” lo que pasa es muy interesante, pues no se trata solo de que nadie lee, sino que esto se refleja en la escritura de la misma novela. ¿Qué quiero decir? Que en el caso de Lenny, sus entradas en el diario son pulidas y muy reflexivas; se trata de páginas y páginas en las que él hace recuentos cuidadosos y detallados. Eunice, por su parte, no escribe un diario, sino que le manda mensajes a sus amigos y familia y estos están llenos de errores de ortografía, que, incluso, en partes, dificultan la comprensión.

 

Estos mensajes son la evidencia de una lenta pérdida del lenguaje, que va de la mano con el deterioro social y político del país en la novela. Incapaces de leer, estas personas están incapacitadas, también, para aprender o para tener pensamientos demasiado complejos, y solo pueden comunicarse de formas muy básicas.

 

Así, este libro me hace pensar en la importancia no solo de la lectura (que ya la sabemos de memoria y no se trata de hacer una oda sin críticas a los libros y sus maravillas), sino de la complejidad. No de enredar y confundir gratuitamente, sino de la complejidad como el arte de pensar, de darle vueltas a un problema hasta solucionarlo, de darle forma con cuidado a un argumento bien pensado. En la novela, los personajes son devorados por una realidad política abrumadora frente a la que no tienen ninguna herramienta de defensa o de crítica. Y por eso esta es una invitación de Serifa a que sigamos pensando, buscando relaciones y construyendo puentes entre ideas y disciplinas.    

 

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