¿Millenials, milenailes, generación del milenio o generación Y? ¿Cómo se escribe correctamente?

De 29/01/2019millenial

 

¿Son los millenials tan maléficos como lo cuenta tu noticiero local? Prepárate porque faltan algunos datos de importancia acerca de la catástrofe económica que tienene encima.

Uno

Celébralo, millenial

Es prácticamente una deshonra ser llamado millenial (el término más usado). Una generación a la que se mira con sospecha. Una generación comúnmente mirada como un grupo de vagos con demasiadas aspiraciones.
Tener en la hoja de vida que uno nació en 1989, por ejemplo, es de inmediato ser objeto de sospecha laboral: «Seguramente se la pasará quejándose». Y qué decir de la gente que (pobres) nacieron en el 1991, por ejemplo. Es en la teoría y en la práctica totalmente popular escribir artículos y twittear acerca de cómo los millenials son niños consentidos que se quejan demasiado de cualquier tipo de trabajo que les pongan a hacer.

De hecho, un fenómeno particular que he observado —y que no podría comprobar de manera estadística de ninguna forma— es el de ciertos hombres (casi siempre son hombres) nacidos en una primera etapa del mileniarismo (¿?), es decir, en la primera década de 1980, y que niega por completo ese mileniarismo. Niegan ser parte de la generación del milenio. En general, argumentan con experiencias personales: «Yo sí recibí chancletazos», «Yo sí tuve que usar disquetes para los trabajos del colegio y la universidad», «Yo sí eché parque». A partir de estas experiencias, se plantean como una generación más ruda y sufrida que las personas nacidas luego. Este yosismo radical es totalmente inútil a la hora de describir un fenómeno generacional o cultural, precisamente porque se habla de y desde experiencias particulares, no de fenómenos que han tocado a una gran masa poblacional.

En el caso de los expertos que hablan y escriben sobre los millenials, también se suele hablar a partir de frases algo vacías, que poco o nada tienen que ver con estudios reales, como esta del escritor Simon Sinek para la revista Semana:

Fueron chicos a los que les dijeron todo el tiempo que eran muy especiales; que podrían lograr todo solo por quererlo; que recibieron galardones, no porque los merecían, sino porque sus papás se quejaron; que recibieron mejores notas porque sus papás se peleaban con los profesores… y cuando llegaron al trabajo se chocaron con la realidad.

En esta frase no se le deben razones al lector. Solo se propone un esquema que coincide (en este caso me parece prudente usar la palabra) con el sentir populista. Es decir, como todos creemos y twitteamos que todos los millenials del mundo son vagos, consentidos, ¿por qué no decirlo? ¿Qué podría salir mal? En este caso, se acusa a más de la mitad de la población global de usar la corrupción global a su favor. Interesante, no se ven números, no se ven estadísticas y, más importante aún, no hay un análisis real.

Este tipo de reflexiones, que son heterogéneos y que en general parecen más impresiones subjetivas que meditaciones inteligentes sobre nuestro mundo, me motivaron a escribir este artículo. (De paso, tengo que decir que soy millenial, no con pesar ni tan poco a mucho honor, solo lo soy [en palabras plagiadas y manoseadas a Borges, «Ser millenial es una fatalidad»], pero tengo que decirlo para que se entienda el contexto en el que estoy, que no pretendo hablar como un periodista objetivo en las siguientes líneas). Este artículo quiere mostrar algunos datos y problematizarlos a la hora de hablar de la generación del milenio. Es decir, demostrar que más allá del yoisismo radical y de las impresiones subjetivas sin base, sí hay un cambio generacional importante que se da a partir de la década de 1990, y que afecta a un grupo poblacional importante. Por otro lado, no sería tampoco muy difícil identificar este cambio: crecimiento demográfico, crecimiento económico (relativo), y acceso a Internet. Empecemos por este último, que a menudo se ve como el más importante.

La rueda y la caminata

Sería muy fácil para mí desprestigiar a la generación que viene después de la mía (ya creo que además son dos generaciones las que vienen, la generación Z y la generación T). De hecho, este sería un movimiento lógico: «Hay otros que son más perezosos que yo». Se usa la imagen de todo un ejército de muchachos pegados al celular usando Instagram para hablar de manera general sobre los hábitos de consumo de un grupo poblacional.

De hecho, los millenials yoisistas radicales de la primera ola (sí, habrá una segunda cuando comencemos a hablar mal de la generación Z) ya esgrimen el argumento tecnológico para hablar mal del millenial ideal, platónico, que tienen en mente, uno perezoso, quejoso y suicida (en el año 2015, Medicina Legal reveló que la población más vulnerable al suicidio está entre los 20 y los 29 años, un dato sobre el cual volveremos luego).

El celular inteligente es la clave para los críticos, y el artículo de Semana también habla con preocupación aparente de los dispositivos móviles:

Algo que caracteriza a esta generación es que todas sus relaciones están mediadas por dispositivos móviles y muchos de ellos se han vuelto totalmente dependientes de sus celulares o sus computadores, por razones que no tienen que ver solo con lo laboral, sino con su bienestar psicológico.

Por supuesto, parece ingenuo desprestigiar a una generación por el uso que hace de una tecnología en boga. Este desprestigio no es un fenómeno nuevo, pero sí parece serlo en la mente de quienes hablan en clave crítica acerca de los millenials. Sería ingenuo pensar que la llegada de la televisión a color no fue un fenómeno sospechoso para la llamada generación silenciosa (nacidos entre 1920 y 1940). Se trataba de un aparato hecho casi de manera exclusiva para el ocio, que vanagloriaba el sexo y la violencia, y que estaba hecho a la medida de una cultura foránea. ¿Cuál habrá sido la impresión de los más viejos frente a la llegada de un invasor tal?

Nos podemos devolver más. La llegada de la radio a países del Tercer Mundo como Colombia también debió suponer un cambio generacional. Las horas del trabajo en el campo (por una porción considerable de ellas) fueron reemplazadas por cierto tiempo «perdido» en el que los jóvenes se reunían en los centros urbanos para escuchar noticias relacionadas con la Segunda Guerra Mundial, a perder el tiempo.

Vamos más atrás, la llegada de la imprenta supuso un recambio generacional. El mundo cambió: la mitad de Europa se hizo protestante gracias a la imprenta, y luego fue una tecnología aprovechada por movimientos independentistas en América, aprovechado para el establecimiento de nuevos estados nacionales en contra de la hegemonía colonial europea.

No nos devolvamos más. La sospecha frente a nuevas tecnologías es un fenómeno viejo. Esto no importaría: que algo sea viejo no lo hace ni mejor ni peor. Lo cierto es que estas teorías conspirativas en torno a la tecnología nunca han resultado ser tan apocalípticamente ciertas como se decía. Tampoco han sido totalmente bondadosas e inocentes, por supuesto, pero esto no es culpa de las tecnologías. La televisión no ha resultado ser tan mala como pensaban los adultos de las décadas de 1950 y 1960, y se han producido productos televisivos realmente reflexivos e importantes acerca de nuestra sociedad contemporánea y el consumo (como The Sopranos o Breaking Bad).

Tomemos la radio nuevamente. Esa tecnología hizo que muchos se reunieran, que comunidades dispersas se sintieran identificadas a partir de ciertos símbolos. El jingle de Navidad de Caracol es un ejemplo perfecto. Comunidades en cierta medida distintas y opuestas a causa de la diversidad de climas, experiencias geográficas contrarias y un centralismo devastador, se sienten identificadas (incluso de manera irónica) con una canción que suena cada doce meses. Por supuesto, la radio también puede ser el medio hegemónico más poderoso del país. En uno en el que ciertas regiones no pueden acceder a la televisión o al Internet, la radio se convierte también en hacedor de realidades falsas en contra de minorías como estudiantes, líderes sociales y mujeres activistas.

Por supuesto, frente a la pregunta de Umberto Eco sobre apocalípticos e integrados (¿es mejor rechazar por completo las nuevas tecnologías o adaptarse a ellas y usarlas con inteligencia?), puede que no haya respuesta simple. En cuanto a los millenials y su relación con el celular, sería entonces ingenuo y perezoso pensar que una generación que hace uso de la herramienta que tiene más a la mano se esté cerrando a las posibilidades de la vida, que no disfrute de las relaciones o que esté alienado. Puede que puedas caminar, pero para movilizar alimentos a grandes distancias siempre es mejor usar la rueda.

El solipsismo de los millenials y los celulares inteligentes es una realidad. Sin embargo, también puede ser una realidad la vida bien vivida a partir del trabajo en casa, sin necesidad de la supervisión abusiva de los patrones y de viajes extensos en medios de transporte insuficientes y corruptos. El culto a la imagen es también una realidad a cuenta de plataformas como Instagram, pero también es real la democratización de los medios de producción de información y de arte.

Por supuesto, hay plataformas que no se critican pues son parte del establecimiento. El monopolio de la música y de los contenidos audiovisuales con sistemas como Spotify y Netflix no se cuestiona, pues estos ya son partes del mercado global y benefician empresas de antemano poderosas. Se critica eso sí a YouTube, una plataforma que ha permitido el intercambio de música y de conocimiento libre.

Hay también una crítica en el futuro para hacer a la tecnología del celular. Esta crítica se tendrá que hacer en términos de percepciones y de viralidad. Sin embargo, considero que esta reflexión tiene que ser basada en nuestro uso. Nadie podría decir en este punto que no tiene relación con la tecnología móvil, aún si tiene un celular de primera generación o no tiene celular en absoluto, su vida está determinada por esta tecnología. ¿Cómo podemos usarla para tener acceso inmediato al conocimiento? ¿Cómo usar los videojuegos para mejorar nuestra percepción del mundo? ¿Cómo hacer que el celular y la realidad aumentada se conviertan en mecanismos que nos permitan acercarnos más al mundo? ¿Cómo potenciar el libre intercambio de información?

La respuesta no es de total empatía con el celular. Como digo, hay mucha tela que cortar en cuanto a este tema. Sin embargo, el salto argumental de decir que una generación es perezosa porque usa determinada tecnología parece reduccionista y francamente estúpido.

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