Ya, pues, hablemos de la violencia y la guerra

Poco se ha hablado en las revistas culturales colombianas sobre la Comisión de la Verdad que recién ha revelado el nombre de sus integrantes. Más bien tímidos, además, han sido los textos y documentos audiovisuales en las grandes plataformas de comunicación. Los textos y entrevistas más importantes han sido los de dos integrantes de esa comisión, Alfredo Molano Bravo y el padre Francisco de Roux, presidente de la comisión, quienes han afirmado la verdad de que no habrá verdad única en el resultado de sus investigaciones, y que además esas verdades no serán jurídicas, no ayudarán a que se condene o se absuelva a nadie, sino que lo que se privilegiará será una comprensión colectiva de las experiencias de las víctimas (http://bit.ly/2A2uNXp, http://bit.ly/2zQ28Vu).

“… la verdad de todas las víctimas»

¿Por qué parece ser importante que las revistas culturales hablen de la conformación de la Comisión de la Verdad? Por ese mismo carácter del que habla el padre de Roux. Para el sacerdote, la verdad que intentará develar esa comisión es “… la verdad de todas las víctimas, a partir del dolor general, porque no hay colombiano que no haya sufrido en sí mismo o en su familia, amistades, organizaciones, el golpe de la violencia. No es una comisión contra nadie. Es contra la mentira”.

Y es que, aunque en círculos académicos a veces se relacione a la literatura con la mentira, con la ficción, desde hace algunas décadas la literatura sí trata de reconstruir o de estructurar distintos fragmentos, diversas voces para entender, no la verdad, pero sí el espíritu, el dolor, la tragedia por la que ha pasado una sociedad. En esa medida, pareciera que la conformación de la Comisión de la Verdad esté emparentada con una manera moderna de escribir literatura, ya no tanto como un jugueteo inocentón con el lenguaje, sino con una forma diversa de ver el mundo y de entender el conflicto.

Ese es el caso de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie, y en especial del libro Medio sol amarillo, en el que a partir de la voz de tres personajes de diverso origen explora la Guerra Civil de Nigeria, la violencia entre los igbos y los hausas, en la década de 1960. También es el caso del escritor y periodista Alfredo Molano, quien conforma la comisión y que ha escrito a pie la historia del conflicto colombiano con un mismo método esquizofrénico: la conversación, el registro y la publicación de testimonios alrededor de la guerra, desde el nacimiento de las Farc hasta nuestros días, para develar otra verdad, lejana de la oficial. Así la fama de Molano sea de periodista y sociólogo, su trabajo es literario, tiene un tono literario, unos recursos que son los de la literatura aplicados a testimonios sobre un conflicto real. Por ejemplo, en el texto “Micaela”, del libro Trochas y fusiles, recoge testimonios de varias mujeres de las Farc y los junta en un solo personaje, una sola historia que derriba al lector.

Dar cabida a las voces de los oprimidos, de los que se han quedado sin voz en los medios oficiales.

Por eso, aunque no se pueda decir que el documento final de la Comisión de la Verdad vaya a ser un libro de literatura (como uno de Cortázar o el mismo que nombramos arriba, Medio sol amarillo) seguramente sí tomará recursos de lo que percibimos como literatura en los últimos tiempos; un artefacto que da cabida a las voces de los oprimidos, de los que se han quedado sin voz en los medios oficiales. De hecho, ojalá que ese documento no esté emparentado con nociones como “ficción”, “mentira”, “juego”, que son palabras comunes en círculos literarios, académicos y de élite.

Lo que sí parece ser clave es la manera de divulgación de ese texto. Este es un tema por explorar en los próximos años. En Perú, solo por dar un ejemplo, el resultado de las investigaciones de la comisión de ese país, con una historia trágicamente similar a la de Colombia, fue una imponente exposición, Yuyapanaq: para recordar. La exposición contiene una monumental muestra de fotografías, líneas de tiempo, videos y textos sobre la violencia de las décadas de 1980 y 1990.

En esa medida, sí sería importante que la comisión recogiera formatos de la literatura, el arte, la pedagogía, la televisión, el cómic, el cine, etc., que permitieran, no solo distintos testimonios, sino también distintas lecturas, la recepción por parte de distintos estamentos de la sociedad que puedan recordar por lo que han pasado como cultura y como población violentada durante tanto tiempo.

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